Tengo la boca llena de ti

Tengo la boca llena de ti. De tu nombre, de tus labios, de tu piel. De tu ser. De la vida que se escurre entre idas y venidas. Del pasar del tiempo, amargo, incierto. Del futuro que no existe, de los sueños que tejemos entre lunares, los mismos que en cada adiós descosemos. 

Tengo la boca llena de ti. De tu sabor, de tus caricias, de tu placer. De tu verdad. Y de los silencios que apuñalan, que quiebran, que rasgan. Del dolor no compartido, de las reservas, de la más insoportable ausencia. De este resignarme a echarte de menos.

Tengo la boca llena de ti. De tu risa, de tus cosquillas, de tu ternura. De tu deseo. De los engaños, los miedos y los celos que astillan cuando afloran. De tus abrazos cómplices y libres, lejos de la agonía que marca el reloj. De todo eso que somos, que fuimos y que, pase lo que pase, ya siempre seremos.

Tengo la boca llena de ti. De tus dedos, de tus palabras, de tu misterio. De tu aliento. De la comodidad que te mantiene, que te retiene, que tanto te asusta perder. Llena de cobardía, de riesgo, de poder, de querer… De tu aire que aviva con fuerza mi fuego. De todo lo que ardemos.

Tengo la boca llena de ti. De tu olor, de tu pecho, de tu cuerpo entero. Del destino que nos unió un noviembre caprichoso, impuntuales, ebrios y locos. Del amor que no mencionamos y se nos escapa sin agallas para detenerlo. Hay cosas que me cuesta asumir, entender, soportar. Pero al final siempre me encuentran tus besos como un bálsamo de sosiego…

Entonces me haces agua, y me llenas la boca de nuevo.

Quejido

No puedo moverme. La pared blanca de enfrente se vuelve borrosa de tanto mirarla. Me escuecen los ojos secos ya de lágrimas. La nariz atorada apenas deja pasar un hilito de aire, suficiente para no asfixiarme.

Trato de sacar la ansiedad que me golpea el pecho exhalando por la boca.

Pero no se va.

Debería aprender algún ejercicio de relajación.

Mañana.

Mañana.

Nunca hay tiempo para nada.

No sé si es duelo o dolor esto que siento. Estoy paralizada. Agotada. Quisiera dejarme vencer por el sueño en esta cama que a veces me sobra y otras me falta…

Pero no puedo.

Estoy llena de ausencias presentes. Una tras otra se acomodan haciendo fila en mi propia tienda de recuerdos. Y, sin embargo, solo una me importa, solo una me duele.

Se me clava como un puñal la risa que ya no escucho, el aroma que ya no huelo, los brazos que siendo niña me sostuvieron. Y ya no más.

Por qué de pronto este echarte tanto de menos.

Por qué ahora esta sal en los labios, ríos de hielo surcándome el cuello.

Los dejo fluir al ritmo de mis latidos, en un intento vano de calma.

No estás, y eso no cambia.

La memoria no siempre alcanza.

No me llena el vacío agónico ni me templa el hueco del alma.

La pared blanca empieza a marearme y cierro los ojos para verte mejor. Me cuesta mucho aplacarme esta noche, estoy curándome un daño. Busco en la herencia de tu amor la serenidad, y ahí me partes en dos.

Como un rayo.

Porque tú me lo diste todo. Sin juzgar, sin desconfiar, sin agredir, sin sabotear. Cuánto valor cabe en una palabra muda, que no es lo mismo que el desaire del silencio provocado.

Gracias por eso, por todo, por tanto.

Trato de acompasar el pulso y la respiración para viajar al pasado, donde tú eras…

Aunque siempre serás.

Mi búnker, un castillo pueril e idealizado.

El refugio al que poder acudir, libre.

Me parece mentira que el tiempo avance así de descarado, plantándome cara sin compasión. A veces es todo tan ajeno, tan irreal, tan imposible.

Como que no estés.

Es extraño hasta tratar de expresarlo.

Los días se consumen narcotizados por el trabajo, los planes, las charlas, las prisas. Hasta que la anestesia se diluye y asoma con rabia la realidad. Entonces pega tan duro…

Como la primera vez.

Quizá la soledad no sea tan mala si al menos tú habitas en ella…

Me hago un ovillo bajo las sábanas, no soporto más a esta insolente pared.

Lodos

¿Te acuerdas de cómo era?

Cuando los sueños estaban por estrenar

y las miradas estremecían hasta el tuétano.

La verdad es que ahora lo sé: nada es tan importante,

la fe se pierde, el amor se rompe, la vida duele.

¿Y qué más da?

El dolor brota donde hubo emoción, no es tan cruel.

Tú lo eres más dejándome esta herida por desangrar.

¿Cómo puede haber hoy tanto ruido en el silencio?

Donde antes sonaban los besos sobre la piel,

y los susurros prometiéndonos lo que no llegó,

hoy arrasa tu indiferencia rugiendo como un huracán.

De aquellos polvos estos lodos, supongo.

No sé si podré volver a un mundo que aprieta,

a unas manos que no me han sabido sostener

más allá de esta cama, hogar de fantasmas,

y de algún que otro placer.

No voy a cambiar más cromos contigo,

las reglas del juego se han vulnerado.

No voy a ceder al miedo que me supone quererte tanto

y aún y así tener que perderte.

Si quieres irte, vete.

Nosotros dejaremos de ser…

Quizá.

Pero así como el diablo no baja nunca la guardia,

el fuego que ardo en tus entrañas tampoco se apagará.

Ay, corazón

Anhelas el calor de una caricia latente

enmarcada entre nubes de guata,

dulce como algodón de azúcar…

Mientras suena el tictac de tu viejo reloj.

Atesoras letras rasgadas y convincentes,

viajeras, errantes, taimadas,

dueñas de una verdad casi olvidada…

Cuando azota el recuerdo de un tiempo mejor.

Añoras aquella adolescencia ingenua y valiente

mecida entre flores deshojadas,

ideas confusas, proclamas descabelladas…

Mientras sufres callado ocultando el dolor.

Adivinas trémulo el discurso que crece indecente,

mentiras ruidosas, solemnes, afiladas,

enmudece el eco de la vida, el alma ya cansada…

Cuando te clavas la daga que mata el amor.

Pero luego asoma la brizna de otra pasión naciente

en el trasfondo acuoso de una mirada,

en los labios que surcan pieles, en las cálidas palabras…

Y ahí vas de nuevo, extenuado, herido y ciego,

apostándolo todo, corazón.

Un mar en cada gota

Qué tendrá el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas cosas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Gotas de nostalgia me surcan la piel dejando un reguero salado a su paso. Sonrío. El horizonte se ve muy lejos, pero ahora un poco más claro.

Gotas de esperanza salpican mi rostro, deslumbrándome traviesas. Me dicen ¡eh, tú, respira! Y me lleno los pulmones de un futuro tan incierto como retador.

Gotas de zozobra se enredan disimuladas entre mis pestañas cuando me sumerjo a solas en mis profundidades. Les doy algo de tregua, hoy no merecen contenerse con tanto empeño.

Gotas de fortaleza apuntalan mi espalda para dejar atrás un pasado que ya solo puede ser huella, camino y aprendizaje. Qué gran consuelo será poderse desprender, poderlo comprender.

Gotas de deseo nacen entre mis piernas cuando me dejo vencer por la pasión que me invade. Cierro los ojos y te encuentro siempre atrapado en un largo suspiro. Ven, te suplico. Ven…

Gotas de ilusión acarician mis labios devolviéndome el sabor de aquellos besos, como si fueran los primeros. Lo eran, quizá. ¿Y si lo intentamos de nuevo?

Gotas de indulgencia caen de mis manos en franca letanía como cuentas de un rosario. Las más difíciles, las más sangrantes. Las únicas que nos permiten seguir adelante.

Y qué será lo que tiene el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas gotas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

A son de mar

Barco a la deriva entre tus dedos, furiosa, salvaje.

Perdida.

Latente de esperanza, muerta de miedo.

Ansiosa, incauta.

Me marea el vaivén de la indecisión, me aferro a cada ola sin remedio.

Busco la orilla a veces, surcando la salvación.

Pero de nuevo dejo atrás esa tierra firme, tediosa, yerma.

Y me hundo en el peligro…

Tu terreno.

Tengo sed de ti.

Húmedo deseo me embriaga azotándome la calma.

Y regreso, regreso, regreso…

Porque no hallo en el cielo estrellas más bellas que tus lunares,

ni constelación que me alumbre como haces tú.

Quiero ser gaviota errante y anidar sobre tu cuerpo,

magia eterna los besos que agitan mi mar sereno.

Instinto, razón, anhelo.

Tu boca, mi perdición y mi consuelo.

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