La estrella que más brilla

Siempre me gustó la Navidad. Mucho. Estoy acostumbrada a vivirla por todo lo alto, en familia, al detalle. No sólo los días festivos sino la previa desde al menos un mes antes. Me gusta ver la decoración en las calles, el comercio tan animado, el ambiente que se respira en general… Esa paz y ese amor que nos envuelve en diciembre como por arte de magia y que puede que tenga más de postureo que de verdad, aunque yo así lo sentía realmente en mi alma, cuando lo tenía. Qué le voy a hacer, soy muy de salvaguardar las tradiciones que nos hacen ser quienes somos, pues sin ellas creo que estamos perdidos. Y soy, por supuesto, muy de celebrar con los míos, de reunirme alrededor de una buena mesa, de reír juntos, de cantar a pesar del desafine, de rescatar anécdotas y recuerdos, de bailar y trasnochar… Por algo soy hija de mi padre, supongo. Un disfrutón de la Navidad y de la vida en general.

Ahora, sin embargo, me tengo que esforzar para poner el árbol y los mensajes cargados de dudosos buenos deseos de gente que me ignora el resto del año me dan muchísima pereza. Yo ya dejé de enviarlos. Mantengo una lucha constante y desconocida entre el querer hibernar hasta febrero y el volver a recuperar las ganas de una Navidad parecida a las de antaño. Trato de que esta batalla la gane mi parte más férrea porque sé que mi padre no era amigo del luto o la tristeza, pero haberlo perdido en unas fechas tan señaladas inevitablemente golpea el doble. A la ausencia diaria ya de por sí dolorosa le sumo la punzada de los últimos momentos en vida y en vilo. Esos que no sabes que lo son… Cuando mantuvimos el aliento con el alma resquebrajada y el miedo atorado en la garganta, mientras el resto del mundo brindaba por un año nuevo feliz y los teléfonos no dejaban de pitar. «Ya lo sabes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo», nos decía siempre mi padre. Las bromas del destino, supongo.

Perderlo me ha hecho darme cuenta de cuánta tristeza habita tras los villancicos, las luces de colores, el jolgorio, los turrones… Aunque a veces no la sintamos, ella está ahí, agazapada esperando su turno. Nunca falla. Todos acumulamos pérdidas en el bagaje emocional, tenemos a alguien a quien extrañar, un recuerdo que ya no será. Cuando era niña mis padres acarrearon con la ausencia de los suyos, mientras nos construían aquellas navidades mágicas que guardo como un tesoro en mi memoria más infantil, sin ser consciente del desconsuelo que despertaban las ausencias. Y, antes que ellos, mis abuelos perdieron a sus padres, a una hermana, a un marido en la flor de la vida. Así ocurre en este ciclo invisible que conforma el camino del duelo: una sucesión de (d)años y pérdidas que nos van calando como astillas que se clavan en el corazón. Hasta que nos apuñalan las más intensas, esas que nos destrozan y hacen tambalear todo nuestro mundo conocido. Cada uno sabe cuáles son las suyas, porque tras ellas nada vuelve a ser igual. Asumir esta verdad es indispensable para poder reajustarse las emociones y salir a flote, pero no por ello deja de ser un proceso altamente difícil, largo y doloroso.

El duelo por mi padre es, sin duda, la herida más honda que tengo. Ningún desamor, fracaso o desengaño le hace justicia. Es el que se llevó las lágrimas más amargas, la tristeza más profunda. Me abandonó al vacío más hueco, al silencio más abrumador y al frío interno más helado. Me empujó a un abismo indecible tras su último latido. Me dejó durante mucho tiempo sin palabras. Me quedé huérfana de él y de todo lo que esté por llegar. Las historias que una vez imaginé para mi futuro se deshilacharon como una tela vieja. Serán otras, con nuevas voces y otros colores, espero que también felices, pero aquellas que soñé durante toda mi vida ya no podrán ser con él.

A diez días de las fiestas el espíritu navideño todavía me rehúye, algo nuevo para mí. El síndrome de la silla vacía pega muy duro. Sin embargo, confío en poder disfrutar de la mejor manera posible, rodeada del cariño sereno que me ofrecen los míos, con el corazón lleno de orgullo por la familia que tengo y rebosante de amor por el padre que tuve. Siempre me gustó rescatar a la niña que fui en estas fechas… Hoy lo hago para sentir sin complejos que ahora él es quien me guarda como un ángel, mi estrella más brillante en el cielo.

Se nos rompió el amor

Cantaba la gran Rocío Jurado aquello de se nos rompió el amor de tanto usarlo…

Como aquella pasión desbordada, creciente en cada poro de nuestra piel. El deseo que empezó siendo curiosidad y acabó esclavizándonos el uno al otro. Fuimos como esa droga que atrapa y envuelve en un éxtasis desconocido. Pero no hay droga buena. Y así nos quisimos, con más cuerpo que alma. Como fieras que se arañan y se lamen luego sus heridas. Como niños ingenuos que no piensan nunca en el mañana.

Se nos rompió el amor de tan grandioso…

Porque nos amábamos sin censura en nuestra cápsula de miradas, caricias y silencios. No necesitábamos más cuando los labios húmedos de ansia se rozaban y los suspiros volaban libres. Por fin juntos. La espera impuesta explotaba con más fuerza las ganas de entregarnos por completo. De tenernos. De ser solo nosotros dos. Y era hermoso cerrar los ojos en cada abrazo cómplice, dejarse llevar sin medida ni tregua. Sonreíamos al mirarnos como quinceañeros descubriendo el mundo.

Por eso, jamás pensamos nunca en el invierno, pero el invierno llega aunque no quiera…

Las palabras a medio decir. Las verdades a medio contar. Los celos encubiertos. Los miedos al descubierto. Las lágrimas que empezaron a surcar la misma piel por donde antes habían caminado los besos. El sentir de más, ¿cómo no hacerlo? Apelar a la razón para alejarnos y no poder hacerlo del todo. La tortura de vernos simplemente pasar, ensordecidos por los latidos de nuestro corazón agitado. El peligro de respirar de nuevo el mismo aroma y sentir las piernas flojear. Querernos demasiado sin poder romper las cadenas que siempre nos ataron, aunque no quisiéramos verlas. Huir, callar, hablar, darnos, volver…

Estuvimos tantos años jugando a amarnos que al final, como un cristal que siendo frágil también hiere, se nos rompió el amor y terminó matándonos a los dos.

Tanto ruido en el silencio

Se había imaginado muchas veces ese momento. Como tantos otros, en realidad. Solía hilvanar de ilusiones su corazón y su cabeza. Lo que podría llegar a sentir, cómo se lo diría, su reacción. La miraría desconcertado primero, no tenía duda, pero luego la abrazaría con esa fuerza que solo él le daba. Reirían nerviosos, ella dejaría brotar alguna lágrima serena. Todo estaría bien.

Sentada en la orilla repasaba con tristeza aquellas situaciones que un día quiso hacer reales. Todas fruto de la ensoñación romántica, del deseo, del amor. No, no tenía que culpabilizarse por haber sentido tanto, pues así era como sentía ella. Hasta el límite, sin censura, sin miedo. Y no, no tenía tampoco que martirizarse ahora por no haberse dado cuenta antes. «La gente, cuando ya no les sirves, te desecha sin más», pensaba mientras jugueteaba con la arena entre sus dedos. 

Era un día frío de otoño. El mar estaba imponente y bello. Ella y su relación con el mar… Con la vida en todas sus formas. Se llenaba los pulmones inspirando el aire salado que le llegaba en cada ola, como si fueran sus propias emociones en un vaivén sin tregua. Así se sentía desde que lo supo. «No, no… Fue un poco después», afirmaba. Tras el choque inicial que la desbarató en segundos, se sosegó luego en la esperanza. Confió en el tiempo, que todo lo acomoda. Pero lo único que acomodó fue la desesperación. Los días iban pasando y el silencio se hacía más denso. Lo conocía demasiado bien como para no saber interpretar ese tipo de señal. Ya eran muchos años de juegos y sombras.

Algunas mañanas, antes de meterse en la ducha, le gustaba detenerse para calibrarse desnuda frente al espejo. Había llegado a sentir rechazo por su propio cuerpo porque era lo único que a él le interesaba. A eso la reducía, a las cenizas de una pasión que ahora la asfixiaba. Qué asco, y qué pena. Tenía ganas de contarle lo que ocurría y que estallara todo por los aires, si es que era eso lo que tenía que pasar. No podía seguir haciendo malabares para no incomodar a los demás. Estaba harta. Cansada de esperar con una paciencia sumisa impropia de ella, para evitar que la volvieran a tildar de intensa. Solo pidió dos horas en un café. No le quiso conceder ni eso.

El amor no duele. Había escuchado esa frase hacía poco, no recordaba dónde. Sintió que era muy cierto. El amor no debe doler. Lo que duele es la falta de respeto, la indiferencia, el engaño, la traición, el abuso, la cobardía, el egoísmo. Tanto ruido en el silencio. «Y todas esas cosas que te acuchillan el alma, como este mar helado que me salpica en los tobillos», murmuraba para sí. Se acercó un poco más, despacio, sintiendo la frialdad recorriéndole las piernas por debajo de los pantalones. El agua estaba tan gélida que la piel se tornaba insensible al cabo de un rato. No le importaba. Se adentró, conteniendo la respiración.

Había imaginado tantas veces aquel momento y, sin embargo, ni en sus formas más amargas lo pudo haber soñado así. Las lágrimas caían a borbotones sobre el mar, mientras él, en cualquier otro lugar, disfrutaba tranquilo del destino que le había robado. Dio otro paso. Solo quería cerrar los ojos y ser feliz. «Porque no puedo hacerlo sola», trataba de convencerse. El agua comenzaba a sacudirla por la cintura cuando se llevó la mano al vientre en un acto reflejo. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo más importante, y se detuvo en seco.

No, no era cierto. No estaba sola. Ya nunca más estaría sola. 

Batalla perdida

Tienes que dejarlo ir. La manera en que te besaba, cómo te olía, la forma que tenía de agarrarte de la cintura y atraerte hacia él. Tienes que dejar ir todo eso, y a él también. Porque eso es lo que fue, pero no lo que ahora es.

Aquellas palabras le resonaban en la mente a cada rato. Luchaba contra sí misma en un frenesí de emociones dispares, zarandeada por las pretensiones y los olvidos de quien a su antojo tan pronto llegaba como desaparecía. Al principio no le dio importancia a las ausencias, le dolían claro, eso siempre fue así, pero en su balanza pesaban más los momentos juntos, las risas, los besos. Sin darse cuenta se fue acostumbrando a una dinámica que iba en contra de sus principios. Pasó por alto demasiadas cosas creyendo que de esa manera él jugaría a su favor. Lo que no supo entonces es que el juego nunca iba a ser entre iguales y ella llevaba las de perder.

Sin embargo, lo quería tanto… Se sentía libre entre sus brazos, se sentía ella misma en cada caricia que le daba y que recibía. Se veía reflejada en el brillo de sus ojos, poderosa. Le gustaba esa sensación de dominio cuando él se rendía a sus pies para abandonarse luego trémulo entre sus piernas. Y las cosquillas, y los susurros, y la intimidad que construyeron a espaldas del mundo. Ella era feliz siendo ellos dos. El resto estorbaba, no tenía cabida en su burbuja, no había sitio para más. Pero cuando el búnker se abría, el embrujo se desmoronaba. Lo reconstruía con gestos y detalles, con muestras de atención, con promesas de sueños locos y cuestionables. Flotaba entre nubes etéreas que le sabían a algodón de azúcar. No quería despegarse.

Hasta que llegaba otro desplante, otro imprevisto, otra decepción. Y así, alternando el paraíso y el destierro, fueron pasando los años mientras la balanza poco a poco se iba descompensando. Lo que antes toleraba con mayor o menor agrado, ahora la asfixiaba sin tregua. Lo que un día pudo soportar con estoica paciencia, hoy le revolvía salvaje las entrañas. Se sentía tan agotada… Corrompida en una batalla que tuvo perdida desde aquel primer amanecer en el que cruzaron la frontera: por mucho que hiciera, que dijera, que demostrara, que buscara, que tolerara o que amara, no era capaz de derribar ese muro gélido contra el que se estrellaba una y otra vez.  Y no, jamás lo haría. Cuando se percató de que ese amor más que curarle la desangraba, recogió los pocos retales de dignidad que aún poseía y le cerró para siempre las compuertas de su cuerpo y de su alma.

Los corazones rotos

Los corazones rotos no tienen memoria. Se rompen y se reconstruyen con la esperanza de que ese dolor nunca vuelva a ocurrir. Los corazones son demasiado ingenuos. Sufren rasguños, cortes, golpes, taquicardias. En el peor de los casos también paradas. Pero en general aguantan como campeones sin darse cuenta de que ya pasaron por todo eso antes de quebrarse en dos, la primera vez. Ellos no lo recuerdan, no lo prevén, no saben adelantarse a los acontecimientos ni descifrar las señales de alarma. Son así de tontos, los pobres. Se entregan a un abismo de incertidumbre porque son generosos y espontáneos, porque rezuman bondad, esperanza y un tremendo amor. Esos son los corazones que más sufren, los que batallan las guerras más duras, los que pierden siempre en el intento de ganar un poco de afecto. Los que esperan ser correspondidos hasta las últimas consecuencias.

Y es que los corazones rotos no saben jugar. No entienden de reglas, ni de estrategias, ni de dobles intenciones. Ellos sólo están ahí, remendándose cada vez, cosiéndose los recuerdos bonitos para sobrevivir al desastre, confiando en que todo lo malo pasará y volverán a ser felices. O por lo menos a palpitar tranquilos, que es un tipo muy necesario de felicidad. Los corazones rotos se exponen tanto que, justo antes de romperse, dejan de latir por unos instantes. Es en ese preciso momento, en ese denso vacío que queda, en el silencio amargo que sube por la garganta, cuando se siente el terrible crujido que lo destruye todo. Basta una palabra, dos. Una noticia devastadora o una simple frase a destiempo para hacer cambiar el sentido de las cosas que hasta entonces eran una realidad. Ya no son dos partes las que estallan, como aquella primera vez. Ahora son demasiados añicos reventando por las cicatrices de siempre, esas que un corazón roto se empeña tanto en ocultar.

Sí, es cierto. Los corazones rotos no tienen memoria, porque si la tuvieran yo no tendría que escribir hoy estas palabras ni ellos se dejarían romper más.

Un mar en cada gota

Qué tendrá el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas cosas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.

Gotas de nostalgia me surcan la piel dejando un reguero salado a su paso. Sonrío. El horizonte se ve muy lejos, pero ahora un poco más claro.

Gotas de esperanza salpican mi rostro, deslumbrándome traviesas. Me dicen ¡eh, tú, respira! Y me lleno los pulmones de un futuro tan incierto como retador.

Gotas de zozobra se enredan disimuladas entre mis pestañas cuando me sumerjo a solas en mis profundidades. Les doy algo de tregua, hoy no merecen contenerse con tanto empeño.

Gotas de fortaleza apuntalan mi espalda para dejar atrás un pasado que ya solo puede ser huella, camino y aprendizaje. Qué gran consuelo será poderse desprender, poderlo comprender.

Gotas de deseo nacen entre mis piernas cuando me dejo vencer por la pasión que me invade. Cierro los ojos y te encuentro siempre atrapado en un largo suspiro. Ven, te suplico. Ven…

Gotas de ilusión acarician mis labios devolviéndome el sabor de aquellos besos, como si fueran los primeros. Lo eran, quizá. ¿Y si lo intentamos de nuevo?

Gotas de indulgencia caen de mis manos en franca letanía como cuentas de un rosario. Las más difíciles, las más sangrantes. Las únicas que nos permiten seguir adelante.

Y qué será lo que tiene el mar que cura. O por lo menos, alivia. El mar son tantas gotas… A veces pienso que el mar soy yo en mí misma.