Se querían con los labios desangrados, la piel tibia y las manos frías.
Se querían con la locura de los principios y el temor de tanta algarabía.
Se querían en las incipientes desdichas, en las improvisadas alegrías.
Se querían arañándose las vanidades con sonora egolatría.
Se querían con mentiras y silencios, con mochilas llenas y palabras vacías.
Se querían a trompicones, sin valor y con argumentos que nadie más defendía.
Se querían como tontos, como siempre prometían que se amarían.
Se querían como ingenuos, confundiendo pasión y compañía.
Se querían en la oscuridad de cualquier camastro, al amanecer en aquella playa, por los rincones al mediodía.
Se querían con astucia, algún desprecio y demasiada cobardía.
Se querían en la furia, derribando sus muros sin paz ni armonía.
Se querían húmedos y calientes, y de igual forma también se prendían.
Se querían en el odio y el rencor, en el destierro y en la melancolía.
Se querían sin tan siquie
ra saber quererse, pero lo hacían con el alma y a sangre fría.
Se querían tanto que batallaron todas las guerras de lo imposible y de la apatía.
Pero en aquel camino de infortunio perdieron poco a poco el sentido de sus días…
Y queriéndose de tal forma supieron que llegado el momento con un quedo «hasta aquí» les bastaría.
Se habían querido tanto, tanto, tanto… Que una mañana, sin más, ya no se querían.
Cuando por fin llega a destino baja apresurada del tren y se dirige al mismo edificio de siempre: un pequeño estudio que se convierte en refugio y tormento. Taconea nerviosa mientras acomoda sus cosas en la entrada y se sirve una copa de vino. Sentada sobre la encimera repasa mentalmente el encuentro del jueves pasado en ese mismo lugar… Demasiado salvaje, demasiado intenso, demasiado doloroso. Hoy no viene con tanta actitud, aunque eso poco importa porque cuando él aparece bajan por completo las defensas.
Soy mujer y me gusta el fútbol. Pero no me gusta ahora que parece que se lleva eso de que las mujeres compartamos afición con los hombres para que se nos vea incluso «sexies» también en formato deportivo. A mí me gusta el fútbol desde bien pequeña, cuando en los parques me iba detrás de los mayores buscando el balón y en el patio del colegio montábamos equipos después de comer. Todo niñas y en horas de recreo, ¡lo que yo hubiera dado por tener una extraescolar de fútbol! Seguramente lo habría disfrutado más que el baloncesto al que fui, y no fui.
Tengo ganas de meterme en la prisión de tus tormentos y en tus sueños de libertad. Tengo ganas de que me arranques la piel a tiras en cada desgarro que nos enreda quitándonos la ropa con tanta sed, desnudándonos ya no sé el qué. Tengo más ganas cada día de volverte a ver.
