Irse a tiempo es quedarse

Me voy con la sonrisa enmudecida y una mueca afligida en la cara porque no es fácil dar el paso pero ya es hora de tomar las riendas de una senda no sé si mejor, pero sí más adecuada. Te pido perdón si tú todavía sientes que esto no acaba, que duele demasiado una palabra callada, un gesto duro o una lágrima capturada. Acepta mis disculpas y piensa que no soy yo la que se marcha, que tú lo hiciste de puntillas mucho antes, y que todos somos marionetas de esto que algunos llaman amor y otros pasiones desbocadas. Puede que sea simplemente la vida con sus rutas maltrechas, sus caprichos ocultos, sus destinos inciertos. Puede que sea todo una triste comedia, un mágico drama, una ruleta rusa o una coincidencia tan extraña como inesperada. Pero aun con dolor me convenzo de que una partida a tiempo es la única opción que nos queda para seguir siendo, ahora ya en el recuerdo de una historia que pidió eternidad y resultó quedar sesgada. No alarguemos la condena ni arrastremos los pies por una pena que no merecemos ninguno de los dos.

61a2f7_b0a4358043894561804974e0b70e2929_mv2Porque lo que un día vivimos permanecerá, estoy segura, aunque la memoria se reserve antojadiza ciertos matices. Volveremos a ser aquellos que fuimos cada uno con nuestros caminos, buscando la paz en otros cuerpos, el amor sin condiciones, el respeto y el compromiso de nuevos valores. Otras almas vendrán para guiarnos cuando la propia nos juegue una mala pasada y siempre, en algún lugar no sé si del corazón o de la mente, se escapará la sonrisa traviesa por nuestros sueños inalcanzables entonces, quién sabe si probables después. Seguiremos siendo tú y yo, lejanos y difusos, perdidos en la ausencia, bruscos, puede que amargos a veces, pero felices también.

Te lo prometo.

Estaremos en cada recuerdo que una vez construimos, en cada plato que se nos hizo añicos, en las botellas de vino que nos bebimos a medias, en cada beso que protegimos del miedo, en cada melodía a la luz de las velas. Seguiremos estando en las navidades y los cumpleaños, en los detalles improvisados, en las servilletas grabadas, en las cartas manuscritas. Y también, por qué no, en las noches de cine y de fútbol, en la torpeza de un baile espontáneo, en las risas estridentes, en las cosquillas y en los chistes malos.

Volveremos a estar en las batallas ganadas, en las guerras perdidas, en la fuerza de una palabra, en el abrazo curativo, en el nacimiento de un pequeño latido. Compartiremos con otros alegrías parecidas, secretos, misterios y retos. Mejoraremos todo aquello que no nos funcionó, aprenderemos de los errores y los tropiezos, también de todo lo bueno que nuestra historia nos brindó.

Nos quemaremos los labios con la impaciencia del café matutino, aunque ninguno podrá volver a mezclar tu sabor con el mío. Leeremos más y mejores libros quizá, pero siempre repetiremos aquellos versos que memorizamos y que tanto nos marcaron. Forjaremos nuevos sueños pero mantendremos la ilusión intacta para realizarlos. Reiremos envueltos en el eco de otras carcajadas y mezclaremos colores distintos en nuestra paleta vital, pero siempre nos detendremos un segundo ante el azul intenso del mar. Ese mar que nos llevó casi a naufragar en las tormentas del ego, que nos impregnó de sal las heridas y que terminó meciéndonos serenos cuando entendimos, por fin, que en el amor no siempre gana el que más ama.

Me despido ahora que no es demasiado tarde, ahora que todavía te quiero, ahora que la vida me da la fuerza para hacerlo sin rencores ni miedos. Porque en algún lugar sé que seguiremos siento nosotros, un par de locos enamorados, aunque ya no lo estemos y ni tú ni yo volvamos a ser los que fuimos antaño.

 

 

Entender la muerte, valorar la vida

La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida. André Malraux.

Todos tenemos miedo a la muerte. No al acto en sí mismo de morir, no a que pueda doler físicamente o a la incertidumbre de cómo sea ese momento cuando llega, porque al fin y al cabo cuando llega, llegó. Seguramente no le tenemos miedo a eso porque ni siquiera lo pensamos, supongo que uno nunca piensa que va a morir (si todo va bien) aunque sepamos que ése es el único destino inexorable y común de todos. Puede que el propio subconsciente nos aleje de tales pensamientos precisamente para que podamos vivir con cierta esperanza y felicidad.

Lo que nos da realmente miedo es la muerte de las personas que queremos. Nos da miedo que un día, sin más, se termine. Nos da miedo que vayan a sufrir una enfermedad o que de repente mueran encontrándose solos. Que la vida sin previo aviso les diga hasta aquí, y que con ellos a nosotros también nos lo diga. Nos da miedo que hoy sea el último día y que queden cosas por decir, porque siempre nos quedan palabras enredadas en el silencio. Nos da miedo la soledad que conlleva la pérdida, el desasosiego, el vacío, la rabia, los porqués. Nos da miedo tener que aceptar que ya nunca más los volveremos a tocar, a sentir, a tener.

Nos da miedo pensar que un día sólo los podremos custodiar en la memoria. Que convertiremos en recuerdo esa forma de reír, los chistes malos, el andar de sus pasos, los abrazos. Que habrá una silla vacía y una voz menos en nuestro caos personal. Que ya no podremos contar con esa opinión, ese halago o ese reproche. Que tendremos que aprender a vivir una vida que no sabemos cómo se vive, pero que como todo, asimilaremos por nuestra propia supervivencia y a marchas forzadas.

Nos da miedo dar por hecha la eternidad sabiendo bien que no existe, confiar en el tiempo que creemos poseer y desaprovechar las oportunidades que tenemos para reír con la familia, disfrutar con los amigos, respetar y enriquecernos con los conocidos. Miedo de dejar pasar esa llamada, ese mensaje, ese café o ese viaje. Ya lo haré mañana. A veces mañana es demasiado tarde y entonces es cuando pensamos en los ¿y si hubiera hecho? o dicho, o ido, o… El remordimiento por aquella pelea estúpida, por el comentario hiriente, por la mala cara, por el egoísmo, por no haber prestado suficiente atención o por no haber estado ahí aquella vez que nos lo pidieron. Si ahora pudiéramos volver atrás…

Pero el pretérito imperfecto no existe así que ante el miedo, reaccionamos. Y tratamos de entender que la muerte forma parte de la vida, que es la estación final de nuestro tren pero que el camino que recorremos es lo que de verdad importa. Es lo que dejamos y nos dejan, es quiénes somos y cómo somos con quienes amamos, con los que nos cruzamos. Son las risas, las caricias, los besos, los consejos, los abrazos. Es el tiempo que le dedicamos a los demás. Es una canción, aquella que nos hace siempre llorar. Son los viajes, las aventuras, los descubrimientos, la experiencia. Es la mesa compartida, las salas de cine, los libros recomendados. Las charlas interminables, también los malos ratos. El desengaño, el dolor, el sufrimiento. Las malas rachas, incluso la enfermedad. La dureza, la injusticia, la desgracia. El amor en todas sus formas y sentidos, la calidez humana, la calidad personal, la compasión, la humildad, la empatía. La suerte, el destino o el azar. Los puentes que cruzamos, los que quemamos. Las oportunidades que cogemos y las que dejamos pasar. Son nuestras acciones y nuestras emociones. Es el día a día y cómo lo queramos (a veces, podamos) llevar.

La vida, en definitiva, son las personas que ponemos en ella, las que nos vienen dadas de fábrica y las que se nos atraviesan temporalmente para regalarnos una enseñanza o darnos una lección. No sabemos cómo ni cuándo pero lo que es cierto es que vivos no saldremos de aquí, así que de nosotros depende que al final del camino nos convirtamos en un buen recuerdo para aquellos que compartieron la travesía con nosotros, porque como dice el gran Mario Benedetti «la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida».

La partida está en juego, no la desaprovechemos.
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Fría muerte

La tarde en la que se lo llevó la ambulancia fue cuando se sintió el frío. No un frío de aquel que cala los huesos y te hace temblar, aquel que apacigua el abrigo y la bufanda, no. Era un frío mucho más profundo. Un frío que dejaba la piel yerma y el alma vacía. Era un frío premonitorio.

Habían pasado cuatro años desde aquel primer aviso. Por la mañana, a eso de las 6.30 cuando los tenues rayos de sol se cuelan por las rendijas, le dio el primer ataque. Sin saber qué hacer, Asun marcó el número de la policía, el único que se sabía de memoria. Tras explicarle atropelladamente a la señorita al otro lado de la línea que su marido estaba convulsionando le pidieron calma y le aseguraron que pronto llegaría una patrulla. No, una ambulancia. ¡Un maldito equipo de emergencias es lo que necesito! ¿Calma? Que me calme, dice.

Soltó el teléfono sin colgar y volvió junto a su marido para intentar hacer algo que le funcionara. ¿Le levanto la cabeza? ¿Las piernas? ¿Cómo lo sujeto? Parece que esté en otro mundo, los ojos en blanco y gotas de sudor en la frente. Al menos no le sale espuma por la boca como a los que se vuelven locos, ¿no? Eso pensó. Eso y si había sacado la merluza del congelador la noche anterior. ¡Qué despropósito!

Poco a poco las convulsiones fueron menguando aunque Asun no podía saber si aquello era mejor o peor. Dios mío, ¿por qué tardan tanto? Se sintió de repente tremendamente sola, incapaz de volver al teléfono para avisar a sus hijos de lo que pasaba porque ni siquiera sabía qué estaba pasando si diez minutos antes dormían tan a gusto los dos. ¿Sería una pesadilla? Pero entonces oyó la sirena de una ambulancia que se aproximaba, que se detenía cerca. De repente, silencio. Ya está, ya llegan, no pasa nada. Si se lo decía a él o a ella misma qué más daba. El timbrazo resonó en sus oídos más que nunca y descalza corrió a abrirle la puerta a tres chicos jóvenes que pidieron paso hasta la habitación. Asun permaneció inmóvil en el umbral de la puerta mientras uno de ellos, qué serán éstos, enfermeros, médicos, le tomaba la presión a su marido, que en su inconsciencia algo balbuceaba, porque éste callado nunca está, pensaba ella. Cuando le comunicaron que debían llevarlo al hospital, Asun se dio cuenta de que en camisón no podía ir a ningún lado y con más prisa que intención se puso la ropa que el día anterior había dejado sobre la silla. No se maquilló, pues no estaba la mañana para andarse con remilgos, y simplemente se acomodó la melena con las manos y poco más. Salieron de casa los cinco: Paco en la camilla con la máscara de oxígeno, Asun a su lado aferrada a su bolso como a la vida, y los tres chicos jóvenes, tan guapos y tan amables, uno al volante, otro de copiloto y el último pendiente de las respiraciones del matrimonio en aquel cubículo médico ambulante.

El ingreso en la UCI fue rápido, pues como son estas cosas, y a Asun le tocó aguardar en una sala con más personas como ella: pálidas, desconcertadas, llorosas. Gente que no sabe bien bien qué hace aquí, gente como yo que hace un rato dormía tan tranquila. Ay, ¡la merluza se echará a perder! Eran casi las 8 de la mañana, buen momento para llamar a los hijos y darles los buenos días, los pobres. Marcó el número de la mayor, pues para eso es una la mayor, y con una inusual calma, o quizá era desconocimiento, le relató con pelos y señales lo ocurrido desde que oye estaban durmiendo y que tu padre empieza a hacer cosas raras y aquí estamos. Se supone que la mayor avisó a los otros dos, o eso le pidió Asun que hiciera, que no tenía ganas de contar la misma historia tantas veces y que los médicos en cualquier momento la iban a llamar.

Las horas que pasaron no lo recuerda, pero que el día se le hizo largo, sí. Debían ser eso de las 12 cuando un médico salió para decirles, estaban ya sus tres hijos con ella, que su padre estaba estable, fuera de peligro, que lo habían cogido a tiempo y que no se preocuparan. Fueron a tomar un café aguado con un cruasán embadurnado en mantequilla, qué angustia, para matar el tiempo y el gusanillo porque hambre, lo que se dice hambre ninguno tenía. Y así fue transcurriendo el día, entre partes médicos y rezos a ese Dios que una no sabe si está o no pero en estos casos pues bueno, no está de más pedirle que todo pase y que pase bien. Por la tarde les comunicaron muy formalmente que el paciente entraba en vigilancia intensiva, donde permanecería toda la noche para tenerlo más controlado, pero que al día siguiente subiría a planta. Que todo iba bien.

Y dos días después, todo fue bien. Salieron del hospital con esa paz que te da superar estos sustos pero con ese miedo callado a que vuelva a ocurrir. Ya lo sabes, Paco, nada de sal y nada de fumar y nada de beber y nada… Calla, mujer, que no es para tanto. Discutiendo iban en el taxi a casa, y en casa, y cuatro años después la misma cantinela. Que si ese cigarrito a escondidas que te veo, que si échale algo de sal que esto así no se puede comer, que un vinito es bueno para el corazón, y además ¿cuándo bebo yo? En Navidad y en los cumpleaños. Que no, que no pasa nada, que aquello se superó, que no te preocupes. Y Asun pues qué iba a hacer, pelear y luchar, y mandarlo a la mierda de vez en cuando también porque oye, ¡parece que se quiera matar! Y luego le preparaba sus platos preferidos, condimentados de otra manera para disimular la falta de sal, no lo vaya a notar.

Aquel mediodía fatídico comieron patatas estofadas, un buen plato como Dios y Paco mandan. Pero después de comer, cabeceando la siesta en el sofá, ya no se encontró bien. La sensación fue más intensa, más certera, más real. En la convulsión tiró la lamparita al suelo y el estruendo hizo que Asun dejara los platos a medio lavar para ver qué había sido ese ruido, qué se había caído ahora armando tanto jaleo. Y al ver a su marido así otra vez el recuerdo de hace cuatro años, y otra vez la ambulancia, y otra vez llamar a los hijos.

rosa negraLas horas en el hospital fueron gélidas, el ambiente cortante, el frío se sentía en las miradas calladas, en los abrazos rígidos, en las lágrimas contenidas. Los cuatro lo sabían y ninguno se atrevía a verbalizarlo. Miraron sus teléfonos cientos de veces, pasearon como leones enjaulados por aquella sala blanca de olor indescriptible. Esperaron noticias. Y las noticias finalmente llegaron. El médico que les dio el pésame era canoso y de ojos muy negros, se acuerda bien Asun. «Hicimos todo lo que pudimos». Maldita muletilla, ¿se la enseñan también en la universidad?

En ese momento un caudal de y sis atropellados invadió la mente de Asun, al tiempo que su corazón se quedaba huérfano para siempre. Ay, Paco, si me hubieras hecho caso alguna vez… Pero de qué servía reclamarle a un muerto, pensaba ella. Celebraron el funeral dos días después, una mañana soleada como las que a él le gustaban. Y Asun sonreía con pesar a cada uno de los asistentes que se habían reunido allí para mostrarle su afecto a la familia. Los rituales estos, ya se sabe, que cuando uno muere todos vienen. La ceremonia fue emotiva pero no empalagosa, no te preocupes Paco, te hubiera gustado. Es curioso cómo la mente se dice esas cosas tan absurdas a veces, cómo le iba a gustar a Paco su maldito entierro. Pero bueno, era el consuelo que Asun se daba sin darse cuenta para paliar el dolor que no dejaba ver por la pérdida de un marido de broncas y risas, de misterios, de secretos, de algún desaire también. Un marido cabezota que la dejaba viuda, jo Paco ¡qué palabra tan fea! Un marido que no fue perfecto, pero qué demonios, fue el suyo.  Y ahora esta fría muerte se lo había arrebatado. Y ahora ella tenía que seguir viviendo una nueva vida y seguir queriéndolo, recordándolo.

 

 

 

 

¡Se acabó!

Cantaba con fiereza María Jiménez allá por el 78 aquello de «¡se acabó! Porque yo me lo propuse…» como un grito de guerra contra la hartura de estar siempre, de ser siempre, de esperar siempre, de dar siempre. Contra todo lo que a todos nos ha hecho daño alguna vez, contra lo que hemos permitido queriendo y sin querer. Hasta que un día probablemente se miró al espejo y se dijo «se acabó». O quizá no, quizá fue sólo el estallido de una canción y no de un dolor, pero eso en realidad no importa porque quién no ha gritado más de una vez como ella un potente e irrevocable «¡se acabó!».

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Se acabaron las excusas que no llevan a ninguna parte. Las que nos ponemos a nosotros mismos por miedo, por vergüenza o incluso por pereza. Incluso esas excusas estúpidas que nos hacen tragar los demás y que aceptamos como buenas por no ponernos a pelear. Pues no, grítalo claramente: ¡se acabó!

Se acabaron las noches, los días, las tardes aguardando un movimiento en el tablero de la vida en la que ya no jugamos porque perdimos la partida, o quizá porque la ganamos. Ya no más arrastrar situaciones y sentimientos, ya no más cargar con resentimiento. No, grítalo bien fuerte: eso ¡se acabó!

Se acabaron las palabras mudas y el conformismo con lo que nos duele. A veces pensamos que es mejor dejarlo pasar, qué más da, no vayamos a crear un conflicto, no vayamos a molestar a alguien más. Pero callarse no conduce a nada así que no, eso tampoco lo hagas. Grita para que no se te enquiste el dolor y diles a todos que eso también ¡se acabó!

Se acabaron los cuentos chinos y las ventas de humo, los ni contigo ni sin ti, las intermitencias, las apariencias, los caprichos efímeros y los perros del hortelano. Adiós a la gente interesada que te busca como si todo, que te olvida como si nada. Que no, que no merece la pena, díselo bien alto: ¡se acabó!

Se acabaron las flagelaciones que nos imponemos y la aceptación de que si no nos piden perdón es porque bueno, quizá no era para tanto, quizá yo saqué las cosas de quicio, quizá yo me equivoqué. Deja de convencerte de que tú tienes la culpa del mal comportamiento de los otros, de su miserable personalidad, de su pésima condición humana. Claro que no, por tu bien asume que esto también ¡se acabó!

Se acabaron los mensajes a medias y las llamadas perdidas, las noches en vela, la angustiante espera, los nervios temerosos y las malas maneras. No más estar ahí la primera, no más ser la niña buena, no más permitir que las mentiras se conviertan en rutina y que los desprecios se arreglen con cuatro besos. Libérate de todo eso, plántate cara a ti misma y a tus sentimientos y repítete que eso y todo lo que no te aporta nada, ¡se acabó!

Se acabaron las malas caras, las lágrimas inmerecidas, las sonrisas heladas. Se acabaron las promesas vacías que tomamos como ambrosía porque de algo nos tenemos que alimentar el corazón y claro, mejor de palabras que de hechos, así de tontos nos pone el amor. Hasta que un día la balanza se equilibra para ti y te das cuenta de que eso ya no va contigo y vuelves a gritarlo: ¡se acabó!

Todos tenemos nuestros propios demonios y nuestras propias batallas, todos tenemos ese algo o ese alguien que nos hace volver, que nos hace caer. Esa debilidad mal gestionada o esa dependencia encadenada. Todos tenemos miedo a romper, a escapar, a lo incierto de dar un paso al vacío y de desligarnos de la costumbre o la comodidad. Nos repetimos «un poco más» porque confiamos en que algo cambiará, en que las piezas del puzzle en algún momento encajarán y así vamos viviendo el día a día, con fingida felicidad. Pero cuando una situación resta más energía de la que aporta y eso se prolonga en el tiempo no queda más remedio que emular a aquella María Jiménez del 78 y con la voz desgarrada de coraje y razón gritar que no, que ahora ya sí… ¡Se acabó!

 

Aquella chica

Si algún día la vida nos aleja quiero que me recuerdes. No que pienses en mí, ni que me extrañes, ni que te preguntes, porque quizá tampoco lo harías. Tan sólo quiero que en algún momento inesperado, cuando pase mucho tiempo y si nos perdemos tanto, dibujes una sonrisa al acordarte de aquella chica que fui y que en tu ausencia todavía seré.

Aquella chica que espumaba de más la cerveza pero que siempre acertaba con el punto justo de ron. Aquella chica algo torpe en las distancias cortas y tan orgullosa a la vez. Aquella chica aparentemente tímida que olvidaba el pudor bajo las sábanas. Aquella chica que reía en el placer y que buscaba siempre el contacto con tu piel. Aquella chica desconocida de aquel bar cualquiera que cruzaba miradas cargadas de inocente intención. Aquella chica que entonces no se creía capaz de nada pero que lo hizo todo por ti. Aquella chica que cruzó mares y voló cielos a pesar de su vértigo. La chica que se ponía nerviosa con tus roces, la que esperaba con ansia tus mensajes, la que desayunaba en la distancia cantándote nanas.

Aquella chica que jamás te dio la espalda aunque ya la tuviera magullada. Aquella chica que disfrutaba con tus alegrías y que sufría de verdad con tu padecer. Aquella chica que te admiraba en tus logros y te aupaba en tus flaquezas. Aquella chica de aquellas fotos que nadie más podrá ver. Aquella chica temerosa del adiós que te lloró en tantas despedidas. A veces caprichosa y berrinchuda, tan chiquilla quizá. Aquella chica que pedía tanta atención pero que te colmaba a ti de mucha más. Aquella chica detallista a cambio de nada, aquella que jugando te provocaba. Aquella chica que aun quemando sus celos en brazos ajenos era a ti a quien siempre esperaba.

34c0056f5363ee7751a91f307169bd58Aquella chica que aguantó y luchó, aquella que siempre te justificó. Aquella chica que temblaba de ganas, que tanto te deseaba. Aquella chica que escuchaba hasta lo que callabas, la que desconcertada en el desaire también te indultaba. Aquella que pretendía tu grandeza y tus miserias, la que nunca quiso saber de tu cuenta bancaria. La chica de los regalos y las sorpresas, de las tarjetas postales, de las travesuras virtuales. Aquella chica que se sentía a veces diosa y a veces crucificada, la que a tu lado todo lo imaginaba. Aquella niña perdida que en ti se refugiaba, aquella que se hizo mujer con besos y lágrimas.

Aquella chica que te escribía notas en los aeropuertos porque confesarse a viva voz era demasiado complicado; o en servilletas de papel, cuando mirarse a los ojos era ruborizarse, cuando no quedaba más remedio o cuando la cobardía no cedía en su empeño por dejarnos callados. La que pedía tu opinión en cada letra que escribía, la que buscaba consentimiento o aprobación, la que admiraba tu cultura y tu inteligencia a lo mejor en demasía. Aquella que conoció lo bueno y lo canalla de la persona que eres, y que se perdió en tu confusión un millón de veces.

Aquella chica que derrochaba votos de confianza y que pasaba por alto mentiras idiotas y excusas baratas. La que pretendía estar más allá de lo superfluo, la que pocas veces te reclamaba, pero la misma que cuando te ponía en su sitio también te incomodaba. Aquella que al principio te idealizó, es cierto, pero la misma que cuando dejó de hacerlo no consumió el embrujo, entendió mejor los sentimientos y aprendió a descifrar tus palabras… Esa chica que a pesar de lo malo y por todo lo mejor, caray, cuánto te amaba.

Aquella chica que se enamoró de la sombra que un día fuiste, de tu yo más íntimo, de tu ilusión infantil y de tu potente mirada. Aquella chica que veía más allá de tu coraza, la que en su vientre también te acogió, la que en público jamás te cuestionó, la que todo te lo perdonaba. Fui aquella chica de los ojos pícaros, de las mil y una caras, de las manos curiosas, de las cicatrices cosidas al alma, ésa de las largas pestañas.

Ya ves, quizá estoy pensando de más o quizá sólo me cubro las espaldas. Pero si algún día la vida quiere olvidarnos al menos dime que por una vez le plantarás cara y que me recordarás como aquella chica que quisiste no sé si a medias, a ratos, por entero o sin cuidado. Aquella que sin pedirlo todo te lo daba y que si deja de hacerlo será porque ya no le queda nada. Recuérdame desnudándome el alma como la chica que soy: aquella que empezó a quererte un día cualquiera, o como hoy, mientras los rayos del sol nos acariciaban dormidos, espiándonos tras las ventanas.

 

 

 

Jaque mate

Despertó por la mañana, si es que a eso se le podía llamar despertar, con un profundo sabor alcalino en la boca y los ojos enrojecidos, como cuando antaño se perdía en las noches saltando de fiesta en fiesta, bebiendo humo y tragos a partes iguales. Sin embargo esa mañana no fueron las copas de más, ni las canciones ni los cuerpos sudorosos bailando frenéticos a su alrededor los culpables de su aspecto demacrado. Aquella mañana le abofeteó en la cara la cruda realidad.

Dos días antes fue cuando lo soñó. Inquieta en su cama, se revolvía entre las sábanas queriendo escapar de aquellas imágenes que el subconsciente le escupía sin consideración, entrelazando momentos vividos, recuerdos y fantasías. Y, luego lo supo, también la premonición. Leyó un mensaje en su sueño, una frase lapidaria que la hizo despertar de golpe. No, no puede ser. Corrió a encender su teléfono y esperó a que se activaran todas las notificaciones: nada. Respiró el aire contenido durante esos segundos eternos y rió aliviada. ¡Qué tonta! Se tumbó en su cama, tratando de entender por qué de repente mientras dormía le aparecían compañeras del colegio olvidadas, viajes no realizados, estancias bien ubicadas, gente desconocida y emociones desgarradas. Y él, por supuesto, siempre él. Y ahora también ese mensaje estúpido que con temor siempre esperó y que por suerte nunca llegaba. Le quitó importancia, al fin y al cabo los sueños sueños son y probablemente aquel cóctel inconsciente no era más que el resultado de darle vueltas a esa cabecita suya tan loca y a tantos días de deseos y de espera.

Pero aquella dilación tan densa no podía traer nada bueno y en el fondo lo sabía, el instinto no acostumbra a fallar. Aunque ella insistía, se sacudía las malas vibras, pensaba en positivo, quería creer… Luego también lo maldecía, claro, y al final siempre lo excusaba. Y así, el círculo se fue estrechando hasta que se sintió demasiado perdida, profundamente asfixiada. ¿Por qué de repente estás tan callado?, se preguntaba. Tuvo paciencia, controló los tiempos, no quiso ser pesada, varió los temas, lo prendió con ganas, desaceleró lo incómodo y volvieron a las charlas triviales. Pero llega un momento en el que la partida tiene que avanzar. Fue entonces cuando se hartó y pidió explicaciones, y de nuevo recibió más silencio. Cobarde, pensó, algo no va bien, pero ¿el qué? Ayer esos planes que trazamos seguían siendo buenos; ayer todavía deseabas estar entre mis piernas como un loco; ayer no pasaba nada de lo que está pasando hoy. Ayer sólo era una premonición.

Se martirizaba pensando, sí, pero ni una lágrima derramó. Se repetía aquello de que no tener noticias es una buena noticia, aunque sabía bien que en su caso no aplicaba. Se afligía alegando que a veces la mejor respuesta es el silencio, o que el silencio en sí ya es una respuesta. Pero cuando el silencio es forzado e incomprensible se vuelve tan ensordecedor que resuena en los tímpanos, rompe la garganta y duele en el corazón.

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Entonces en esa madrugada veraniega tan parecida a aquella primera, en la soledad de su cama y sin poder dormir, el silencio se rompió. ¡Por fin!

Pero cuando desbloqueó el teléfono la sonrisa se le heló al comprobar en su pantalla que el mensaje de su pesadilla estaba ahí: corto y conciso, sin lugar a dudas ni margen de error. Jaque mate. El nudo contenido en su garganta durante los últimos días bajó hasta su estómago y lo estranguló. Quiso vomitar, antes incluso que llorar. Respondió con toda la dignidad que pudo conservar, sintiéndose en realidad más sucia que triste.

Después intentó dormir pero no consiguió más que un duermevela de escalofríos y opresión en el pecho. Le quemaba el aire, la mente le estallaba, le gritaba con rabia el alma… Humillada, ultrajada, utilizada. Se sintió de la peor de las maneras porque no lo vio venir, ¿cómo hacerlo? Siete días antes no había ni un atisbo de sospecha, al contrario. Y ahora le temblaban los dedos tecleando esa palabra maldita que nunca quiso teclear, ese puto adiós que le haría naufragar. Fue ahí cuando le brotaron las lágrimas al sentir que sus últimos años finalmente cedieron y se le derrumbaron, pero se durmió antes de poder pulsar enviar.

Despertó por la mañana, si es que a aquello se le podía llamar despertar, con un profundo sabor alcalino en la boca y los ojos enrojecidos de tanto llorar.