De niña me gustaba reseguir con un dedo las gotas de lluvia que estallaban contra la ventanilla del coche de mi padre, imaginando carreras entre ellas, apostando por la que a mi juicio podía ganar. Nunca acertaba. Las que parecían partir con ventaja luego se estancaban. Las más lentas y torpes solían coger velocidad en el momento más inesperado, rebasando a las anteriores. Y otras, en cambio, se desviaban de la trayectoria como afluentes de ríos que buscan su propio camino creando unos nuevos. Esas eran en realidad mis preferidas, aunque no llegaran a la meta que yo misma les había marcado, en la parte más baja del cristal.
Me gustaban justamente porque escapaban a mis dedos dibujando siluetas incontrolables, rompiéndose en dos, esquivando obstáculos, renaciendo después. Las seguía con la mirada hasta verlas desvanecerse por el lateral de la ventanilla, arrastradas por el viento. Ese final, lejos de parecerme amargo, se me antojaba feliz. Aquellas gotas habían sido tan valientes como para desafiar la senda de sus predecesoras. Habían transitado de verdad por su existencia, con lo que eso conlleva. Se habían rebelado. Podían irse volando y en paz.
A veces la vida me recuerda mucho a ese panel de caminos líquidos que yo convertía en competición mientras viajaba en silencio en el asiento de atrás. Cuando era niña proyectaba siempre mi futuro color de rosa, como todas las niñas. Lo tenía muy claro, lo veía muy fácil. De pequeña cualquier cuento es creíble, y yo entonces estaba llena de letras y de fantasía. ¿Qué podía salir mal?
Con los años descubrí que las rutas acotadas son una trampa. Aquello que se espera que hagamos, que digamos, que seamos, casi nunca tiene que ver con nuestro ser o nuestro momento. Entenderlo es el principio, y cuesta tiempo y tropiezos. Pero asumirlo es vital para reconocerse a una misma y actuar en consecuencia. La mayoría de las veces tenemos que salirnos del sendero que nos habíamos imaginado, autoimpuesto o incluso soñado, para perdernos por derroteros desconocidos que quizá no conduzcan a nada, o puede que nos abran las puertas que más ansiamos. Nunca lo sabremos si no nos atrevemos a tomar decisiones desde la libertad y bajo la propia responsabilidad, asumiendo el riesgo sin interferencias. Tampoco avanzaremos si no sabemos tirar de pragmatismo cuando toca para aceptar que algunos planes se truncan, que no todo se consigue, y que hay circunstancias que simplemente no cambiarán.
El constante equilibrio entre tomar las riendas y dejarse llevar.
La vida no es un paseo sencillo ni controlable. Nos empuja al abismo, nos pone contra las cuerdas, nos planta cara, nos sumerge en tormentas que parecen ahogarnos. Nos obliga a ser como esas pequeñas gotas de agua fluyendo a través de un cristal, abriéndose paso cada una a su ritmo sin mirar a la de al lado, aprendiendo sobre la marcha. Porque lo cierto es que la mayoría del tiempo no sabemos muy bien de qué va esto, ni hacia dónde nos dirigimos, si existe eso que llamamos destino, si el azar tiene más o menos peso en nuestras decisiones, y si es verdad que las cosas pasan por algo, aunque no lo entendamos.
Sólo nos queda disfrutar de cada paso con la intensidad de las emociones antes de que nos arrastre el último aliento del huracán. La vida puede ser injusta, áspera y jodida, pero estar vivos aquí y ahora es un auténtico regalo.





