Quejido

No puedo moverme. La pared blanca de enfrente se vuelve borrosa de tanto mirarla. Me escuecen los ojos secos ya de lágrimas. La nariz atorada apenas deja pasar un hilito de aire, suficiente para no asfixiarme.

Trato de sacar la ansiedad que me golpea el pecho exhalando por la boca.

Pero no se va.

Debería aprender algún ejercicio de relajación.

Mañana.

Mañana.

Nunca hay tiempo para nada.

No sé si es duelo o dolor esto que siento. Estoy paralizada. Agotada. Quisiera dejarme vencer por el sueño en esta cama que a veces me sobra y otras me falta…

Pero no puedo.

Estoy llena de ausencias presentes. Una tras otra se acomodan haciendo fila en mi propia tienda de recuerdos. Y, sin embargo, solo una me importa, solo una me duele.

Se me clava como un puñal la risa que ya no escucho, el aroma que ya no huelo, los brazos que siendo niña me sostuvieron. Y ya no más.

Por qué de pronto este echarte tanto de menos.

Por qué ahora esta sal en los labios, ríos de hielo surcándome el cuello.

Los dejo fluir al ritmo de mis latidos, en un intento vano de calma.

No estás, y eso no cambia.

La memoria no siempre alcanza.

No me llena el vacío agónico ni me templa el hueco del alma.

La pared blanca empieza a marearme y cierro los ojos para verte mejor. Me cuesta mucho aplacarme esta noche, estoy curándome un daño. Busco en la herencia de tu amor la serenidad, y ahí me partes en dos.

Como un rayo.

Porque tú me lo diste todo. Sin juzgar, sin desconfiar, sin agredir, sin sabotear. Cuánto valor cabe en una palabra muda, que no es lo mismo que el desaire del silencio provocado.

Gracias por eso, por todo, por tanto.

Trato de acompasar el pulso y la respiración para viajar al pasado, donde tú eras…

Aunque siempre serás.

Mi búnker, un castillo pueril e idealizado.

El refugio al que poder acudir, libre.

Me parece mentira que el tiempo avance así de descarado, plantándome cara sin compasión. A veces es todo tan ajeno, tan irreal, tan imposible.

Como que no estés.

Es extraño hasta tratar de expresarlo.

Los días se consumen narcotizados por el trabajo, los planes, las charlas, las prisas. Hasta que la anestesia se diluye y asoma con rabia la realidad. Entonces pega tan duro…

Como la primera vez.

Quizá la soledad no sea tan mala si al menos tú habitas en ella…

Me hago un ovillo bajo las sábanas, no soporto más a esta insolente pared.

Lodos

¿Te acuerdas de cómo era?

Cuando los sueños estaban por estrenar

y las miradas estremecían hasta el tuétano.

La verdad es que ahora lo sé: nada es tan importante,

la fe se pierde, el amor se rompe, la vida duele.

¿Y qué más da?

El dolor brota donde hubo emoción, no es tan cruel.

Tú lo eres más dejándome esta herida por desangrar.

¿Cómo puede haber hoy tanto ruido en el silencio?

Donde antes sonaban los besos sobre la piel,

y los susurros prometiéndonos lo que no llegó,

hoy arrasa tu indiferencia rugiendo como un huracán.

De aquellos polvos estos lodos, supongo.

No sé si podré volver a un mundo que aprieta,

a unas manos que no me han sabido sostener

más allá de esta cama, hogar de fantasmas,

y de algún que otro placer.

No voy a cambiar más cromos contigo,

las reglas del juego se han vulnerado.

No voy a ceder al miedo que me supone quererte tanto

y aún y así tener que perderte.

Si quieres irte, vete.

Nosotros dejaremos de ser…

Quizá.

Pero así como el diablo no baja nunca la guardia,

el fuego que ardo en tus entrañas tampoco se apagará.

Ay, corazón

Anhelas el calor de una caricia latente

enmarcada entre nubes de guata,

dulce como algodón de azúcar…

Mientras suena el tictac de tu viejo reloj.

Atesoras letras rasgadas y convincentes,

viajeras, errantes, taimadas,

dueñas de una verdad casi olvidada…

Cuando azota el recuerdo de un tiempo mejor.

Añoras aquella adolescencia ingenua y valiente

mecida entre flores deshojadas,

ideas confusas, proclamas descabelladas…

Mientras sufres callado ocultando el dolor.

Adivinas trémulo el discurso que crece indecente,

mentiras ruidosas, solemnes, afiladas,

enmudece el eco de la vida, el alma ya cansada…

Cuando te clavas la daga que mata el amor.

Pero luego asoma la brizna de otra pasión naciente

en el trasfondo acuoso de una mirada,

en los labios que surcan pieles, en las cálidas palabras…

Y ahí vas de nuevo, extenuado, herido y ciego,

apostándolo todo, corazón.

A son de mar

Barco a la deriva entre tus dedos, furiosa, salvaje.

Perdida.

Latente de esperanza, muerta de miedo.

Ansiosa, incauta.

Me marea el vaivén de la indecisión, me aferro a cada ola sin remedio.

Busco la orilla a veces, surcando la salvación.

Pero de nuevo dejo atrás esa tierra firme, tediosa, yerma.

Y me hundo en el peligro…

Tu terreno.

Tengo sed de ti.

Húmedo deseo me embriaga azotándome la calma.

Y regreso, regreso, regreso…

Porque no hallo en el cielo estrellas más bellas que tus lunares,

ni constelación que me alumbre como haces tú.

Quiero ser gaviota errante y anidar sobre tu cuerpo,

magia eterna los besos que agitan mi mar sereno.

Instinto, razón, anhelo.

Tu boca, mi perdición y mi consuelo.

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Aquí estoy

Aquí estoy,

con el alma partida por tu ausencia

y el rumor aún caliente de tu voz.

Aquí estoy,

entre las gotas de lluvia que nacen en tus ojos

pero brotan en los míos.

Aquí estoy,

inmersa en la lucha de poder

entre un qué dirán cobarde

y un inmenso querer.

Aquí estoy,

fingiendo con ganas la risa,

amarrando con fuerza el dolor.

Aquí estoy,

naufragando en un frío mar de dudas,

invocando por costumbre tu atención.

Aquí estoy,

esperando oírte decir con palabras

lo mismo que clama tu verde mirada.

Aquí estoy,

marcando fechas en el calendario,

viendo los días morir sin redención.

Aquí estoy,

huérfana del sabor de tu piel

buscando consuelo donde no existe el amor.

Aquí estoy,

cuidando siempre tus pasos de lejos,

batalla la nuestra de dardos y besos.

Aquí estoy,

extrañando los volcanes y los colores,

tus abrazos…

El olor a tierra húmeda tras la lluvia,

el dulzor en la palabra,

los bailes, las flores…

Aquí estoy,

de nuevo y como siempre

siendo yo el fuego al que una y otra vez regresas,

siendo tú el huracán que no arrasa,

pero tampoco cesa.

 

sola

 

 

Canción de ámbar

Llegas con ese aire pillo que me desbarata,

y pienso en todos aquellos que hablaron de catástrofes,

tsunamis, finales de un mundo errante,

y no, no era todo eso lo que venía,

eras tú.

Me besas rápido primero,

para que te ruegue más,

y me torturas con un juego de guiños y esperas,

de dulces palabras.

Y te veo ante mí,

y ya no hay nadie alrededor,

solos tú y yo,

el amor y nuestras ganas.

Un beso, y otro, tan lento como suave,

se desliza por mi cuello,

recorriéndome la espalda,

en busca de ese abismo trémulo

que habita al final de mis nalgas.

El escalofrío responde que sí

y la respiración entrecortada

se acelera con los latidos

que provocas bajo mi falda.

Sientes el hormigueo que me eleva

y te busco la boca desesperada,

mientras bailamos juntos nuestra mejor canción,

haciendo cómplice a la madrugada.

Contamos lunares a la par que minutos,

temiendo el final de la noche,

ese intruso en forma de adiós

que no da treguas sino reproches.

Me gusta tanto este día…

Pero me aterra también el mañana,

si la ausencia, el vacío, el silencio,

se adueñaran de nuestra calma.

La cordura me pide prudencia,

calla, no digas nada,

pero la mentira no encuentra refugio

en el ámbar de tu mirada.

Por ti daría otra vuelta al mundo,

al fin lo digo como lo siento,

llévame a donde vayas. 

Y tú sonríes nervioso,

y yo me muerdo el labio,

disimulada,

qué loca ¿verdad?

Siempre tan impulsiva, tan arriesgada…

Pero lo cierto es que la piel se te eriza al rozarme

y suspiran alerta tus pensamientos,

y ya no sé si es porque no me crees

o porque te asusta estar tan de acuerdo.

Entonces llega el momento

y comienza la cruda batalla

en tu mente misteriosa,

tremenda encrucijada

entre la inercia ya hueca del deber

y la felicidad que de nosotros emana.

Porque es inútil que niegues

lo que tus ojos delatan

cuando a solas, sin miedo,

sin nada,

sigo siendo yo quien habita tu alma.

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