‘NO’ es ‘NO’

No vengo a erigirme como abogada ni jurista, tampoco como representante de nada porque ni tengo las herramientas, ni lo soy ni lo pretendo. No he leído la sentencia completa del caso de «La Manada» porque los pocos párrafos a los que he tenido acceso me han dado ganas de vomitar. Tampoco he estado al día en las declaraciones ni de los acusados ni de la víctima, y no puedo entrar a valorar con argumentos legislativos la diferencia que marca el Código Penal entre abuso y violación. Ni puedo ni quiero. Porque todo este asunto me repatea como mujer, me indigna, me entristece y me recuerda que en esta sociedad todavía queda mucho por hacer para erradicar del pensamiento colectivo el «no importa lo que hagamos, que aquí no pasa nada» cuando vemos que quienes están para protegernos con los mecanismos pertinentes no lo hacen. Así que si hoy voy a hablar de este tema es desde mi perspectiva vital como mujer, que eso sí puedo hacerlo con todas las de la ley.

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Las mujeres tenemos miedos, qué duda cabe. Qué mujer no se siente intranquila cuando viajando en transporte público de madrugada el vagón se va quedando vacío. Qué mujer no acelera sus pasos por la noche al escuchar un ruido o al pasar cerca de un grupo de hombres. Qué mujer no prepara sus llaves en el último tramo a casa para no entretenerse demasiado abriendo la puerta. Qué mujer no prefiere regresar acompañada en un taxi. Qué mujer se separa de su grupo de amigas sin que ellas le digan avísame cuando llegues a casa. Qué mujer no ha recibido ningún consejo paterno parecido a un ten cuidado o no vuelvas sola tan tarde. Y no es sólo por una cuestión de preocupación paterna, que también, es porque tenemos tan arraigado que a las mujeres nos pueden pasar «ciertas cosas» que lo damos por hecho. Y es así desde que tenemos uso de razón. Crecemos con la creencia de que ante el hombre nosotras somos vulnerables y ahora vemos que, encima, ni la justicia va a poder ayudarnos. 

Porque no es violación si no hay resistencia, al parecer. Te tienen que dejar magullada, sangrando, apaleada, además de penetrada, para que un tribunal considere que sí, pues es verdad, te han violado. Tienes que hundirte en la miseria de por vida para demostrar públicamente que estás traumatizada porque fuiste violada y si no, pues es que no fue para tanto. Que una madrugada en plenos sanfermines te acorralen cinco hombres mayores en edad y en corpulencia, que te metan en un portal oscuro y minúsculo, que te desabrochen los botones, te bajen la ropa, te dejen expuesta y te penetren bucal, vaginal y analmente los cinco en manada mientras lo graban con sus móviles y se jactan de su asquerosa «proeza» debe de ser de lo más placentero oye. Y que por mil motivos no opongas resistencia (pánico por parálisis o por pura supervivencia) te convierte en alguien que bueno, quizá también se lo buscaba, porque qué hacía una chica sola por ahí a esas horas con cinco desconocidos, ¿verdad? Y ahí está siempre oteando la sombra de la duda que pervive en una sociedad de pensamiento machista: nosotras nos lo buscamos con nuestras faldas cortas, con nuestros escotes, con nuestras ganas de divertirnos, de emborracharnos, de conocer gente, de pasarlo bien. Nosotras somos culpables por nuestras ganas de vivir. 

Afortunadamente la gran mayoría de los hombres está comenzando a tomar conciencia de los miedos que sentimos las mujeres y son muchos los que, como nosotras, se indignan y condenan sentencias débiles para hechos tan duros. Es realmente esperanzador y gratificante. Pero tenemos que seguir luchando, saliendo a la calle, gritando y manifestándonos para que los altos cargos, los mandatarios, los jueces, los que parten el bacalao, los que nos dirigen y representan se enteren bien de que nosotras, nuestras hermanas, madres, hijas, sobrinas, primas y amigas, no tenemos por qué vivir con el temor a que nos asalten, nos violen o nos hagan «cosas». Y que si eso sucede, porque la cara mala de la vida existe y los monstruos también, al menos tengamos un sistema judicial lo suficientemente sano y justo, valga la redundancia, como para que eso mitigue algo el sufrimiento. Porque evidentemente nadie podrá quitarle a una mujer violada el dolor de lo padecido, ni el recuerdo ni el estigma. Pero al menos que a eso no se le sume también la burla de la justicia cuando todavía pueda actuar. Porque no olvidemos que muchas otras chicas no pueden tener un juicio contra su agresor porque su resistencia, esa que al parecer determina si es o no violación, es desgraciadamente su sentencia de muerte.

Maldita sea, ‘NO’ ES ‘NO’.

 

 

 

Yo también me niego

Desde que salió a la luz el ‘caso Weinstein’ numerosas mujeres (y algunos hombres también) han denunciado situaciones de acoso y abuso sexual en Hollywood. Tras el escándalo del productor, actores tan consagrados como Kevin Spacey o Dustin Hoffman también han salido a la palestra por lo mismo, lo que ha ocasionado todavía más revuelo que los nombres de Harvey Weinstein o James Toback, menos conocidos para el gran público. ¿Qué ha cambiado para que ahora se preste atención a sucesos que vienen pasando desde hace décadas? Este tipo de acciones eran un secreto a voces en Hollywood que nadie se atrevía a denunciar porque las pocas mujeres que en su momento lo hicieron no tuvieron ni voz ni voto, muy al contrario, vieron cómo el poder de esos hombres les hacía tanta sombra como para convertirlas en mentirosas y exageradas. Pero ahora ya no, algo está pasando aunque sea muy lentamente y a veces sólo cara a la galería. Porque en realidad Hollywood no es el único nido de buitres en el que ocurren estas cosas sino que simplemente es la punta del iceberg, ahora palpable, de una sociedad todavía muy lejos de poder hablar de igualdad de género en cualquier aspecto.

A raíz de este caso muchas mujeres de varios países y de diferentes ámbitos han empezado a alzar la voz no sólo ya contra el abuso sexual y la violación sino contra el machismo en general, el machismo de a pie que sin darnos cuenta toleramos y a veces incluso fomentamos. Para ello, asociaciones como Oxfam Intermón están lanzando campañas para concienciarnos de que éste es un problema real y es un problema de todos. Pero no sólo las organizaciones visibles lo hacen, también surgen campañas espontáneas en las redes sociales que en cuestión de segundos se vuelven virales como los #yotambién, #yotecreo o #niunamás. Porque estamos hartas de la impunidad del hombre por ser hombre y de la sospecha de la mujer por ser mujer.

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En el mundo 7 de cada 10 mujeres sufre violencia machista en algún momento de su vida y cada 10 minutos se comete un feminicidio. En España van 45 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que llevamos de año, y cada 8 horas se produce una violación. Datos escalofriantes que no tenemos en cuenta y que nos parecen impensables cuando se ponen sobre la mesa en pleno siglo XXI. Nos escandalizamos. Pero cuando empiezas a hablar del tema con otras mujeres te das cuenta de que no son cifras tan lejanas cuando la mayoría nos hemos visto afectadas por algún tipo de violencia machista, algunas incluso viviendo situaciones de abuso siendo niñas y adolescentes. Y qué fuerte suena decirlo, ¿no? Porque parece que eso sólo les pasa a las demás. A mujeres que se lo buscan, a chicas que van solas por la calle de madrugada, a las que se lanzan a conocer a alguien saliendo de una discoteca. Qué valor, cómo se les ocurre. Pero ¿y esa niña a la que le restriegan una erección en un autobús, o a la que acorralan en un portal para tocarla, o las que tienen que ver a un asqueroso masturbarse delante de su colegio? ¿Esas niñas qué han hecho para sufrirlo si ni siquiera saben lo que es el sexo? ¿También tenemos justificación para eso?

No, me niego. Me niego a tener que callar por ser mujer, a no denunciar y a no condenar, a aguantar. A justificar actitudes machistas porque «es que ellos son así». Me niego a que se ponga antes en tela de juicio la versión de la víctima que la del verdugo. Me niego a los «algo habrá hecho» tan comunes en las comisarías hasta hace no demasiado tiempo. Me niego a que mis hijas tengan que recoger los platos de la mesa más veces que mis hijos. Que se excuse a un varón por no estar pendiente de la familia y que se critique a una mujer por lo mismo. Me niego a que un hombre viva su sexualidad como un héroe y yo como una puta. Me niego a ponerme la falda más larga para evitar miradas lascivas. Me niego a tener que llevar cuello alto para que me miren a los ojos cuando hablo. Me niego a que nuestros días malos sean por falta de polvos. Me niego a que «se nos pase el arroz» o seamos unas fracasadas por no tener pareja. Me niego a cobrar menos que mis compañeros y a tener que demostrar el doble para ascender. Me niego a sentirme culpable si alguien se sobrepasa conmigo. Me niego a ver normal que el reclamo de los bares sea nuestra entrada gratis y que las periodistas deportivas tengan que ser esculturales cuando ellos pueden ser feos, gordos y calvos. Me niego a cortarle las alas a una niña que quiera jugar a fútbol antes que hacer ballet. Me niego a disculpar chistes, comentarios jocosos, gracias varias. Me niego a que un tipo como el eurodiputado polaco que se jacta de que las mujeres somos «más débiles y menos inteligentes» y que «deben quedarse en casa» siga ocupando su cargo, como también me asquea que un tipo capaz de decir que «cuando eres una estrella te dejan hacer lo que quieras, como agarrarlas por el coño” haya llegado a la Presidencia de EEUU. Me niego a que las adolescentes crean que desnudarse en Instagram las hará más atractivas a los ojos masculinos y que esté a la orden del día eso de pedir nudes como muestra de amor. Me niego a que me llamen feminazi por defender unos derechos que no deberíamos siquiera tener que defender.

Me niego a seguir soportando eso que llaman micromachismo como algo intrínseco de nuestra sociedad, a dejarlo pasar. Intentemos entre todos, hombre y mujeres, poner nuestro granito de arena en el día a día, en casa, en la oficina, en los espacios públicos para erradicar las inercias machistas que nos envuelven sin querer. Y denunciemos absolutamente toda actitud violenta que suframos o que conozcamos. El silencio no es un buen aliado en estos casos. A la vista está que romperlo genera una ola de fuerza mucho más poderosa que el propio poder de esos hombres que se aprovechan de su situación para avasallar, humillar y abusar de una mujer.

Porque #yotambién he sufrido violencia machista, #meniego a seguir tolerándola. Luchemos todas juntas para que no la sufra #niunamás.

 

 

Fría muerte

La tarde en la que se lo llevó la ambulancia fue cuando se sintió el frío. No un frío de aquel que cala los huesos y te hace temblar, aquel que apacigua el abrigo y la bufanda, no. Era un frío mucho más profundo. Un frío que dejaba la piel yerma y el alma vacía. Era un frío premonitorio.

Habían pasado cuatro años desde aquel primer aviso. Por la mañana, a eso de las 6.30 cuando los tenues rayos de sol se cuelan por las rendijas, le dio el primer ataque. Sin saber qué hacer, Asun marcó el número de la policía, el único que se sabía de memoria. Tras explicarle atropelladamente a la señorita al otro lado de la línea que su marido estaba convulsionando le pidieron calma y le aseguraron que pronto llegaría una patrulla. No, una ambulancia. ¡Un maldito equipo de emergencias es lo que necesito! ¿Calma? Que me calme, dice.

Soltó el teléfono sin colgar y volvió junto a su marido para intentar hacer algo que le funcionara. ¿Le levanto la cabeza? ¿Las piernas? ¿Cómo lo sujeto? Parece que esté en otro mundo, los ojos en blanco y gotas de sudor en la frente. Al menos no le sale espuma por la boca como a los que se vuelven locos, ¿no? Eso pensó. Eso y si había sacado la merluza del congelador la noche anterior. ¡Qué despropósito!

Poco a poco las convulsiones fueron menguando aunque Asun no podía saber si aquello era mejor o peor. Dios mío, ¿por qué tardan tanto? Se sintió de repente tremendamente sola, incapaz de volver al teléfono para avisar a sus hijos de lo que pasaba porque ni siquiera sabía qué estaba pasando si diez minutos antes dormían tan a gusto los dos. ¿Sería una pesadilla? Pero entonces oyó la sirena de una ambulancia que se aproximaba, que se detenía cerca. De repente, silencio. Ya está, ya llegan, no pasa nada. Si se lo decía a él o a ella misma qué más daba. El timbrazo resonó en sus oídos más que nunca y descalza corrió a abrirle la puerta a tres chicos jóvenes que pidieron paso hasta la habitación. Asun permaneció inmóvil en el umbral de la puerta mientras uno de ellos, qué serán éstos, enfermeros, médicos, le tomaba la presión a su marido, que en su inconsciencia algo balbuceaba, porque éste callado nunca está, pensaba ella. Cuando le comunicaron que debían llevarlo al hospital, Asun se dio cuenta de que en camisón no podía ir a ningún lado y con más prisa que intención se puso la ropa que el día anterior había dejado sobre la silla. No se maquilló, pues no estaba la mañana para andarse con remilgos, y simplemente se acomodó la melena con las manos y poco más. Salieron de casa los cinco: Paco en la camilla con la máscara de oxígeno, Asun a su lado aferrada a su bolso como a la vida, y los tres chicos jóvenes, tan guapos y tan amables, uno al volante, otro de copiloto y el último pendiente de las respiraciones del matrimonio en aquel cubículo médico ambulante.

El ingreso en la UCI fue rápido, pues como son estas cosas, y a Asun le tocó aguardar en una sala con más personas como ella: pálidas, desconcertadas, llorosas. Gente que no sabe bien bien qué hace aquí, gente como yo que hace un rato dormía tan tranquila. Ay, ¡la merluza se echará a perder! Eran casi las 8 de la mañana, buen momento para llamar a los hijos y darles los buenos días, los pobres. Marcó el número de la mayor, pues para eso es una la mayor, y con una inusual calma, o quizá era desconocimiento, le relató con pelos y señales lo ocurrido desde que oye estaban durmiendo y que tu padre empieza a hacer cosas raras y aquí estamos. Se supone que la mayor avisó a los otros dos, o eso le pidió Asun que hiciera, que no tenía ganas de contar la misma historia tantas veces y que los médicos en cualquier momento la iban a llamar.

Las horas que pasaron no lo recuerda, pero que el día se le hizo largo, sí. Debían ser eso de las 12 cuando un médico salió para decirles, estaban ya sus tres hijos con ella, que su padre estaba estable, fuera de peligro, que lo habían cogido a tiempo y que no se preocuparan. Fueron a tomar un café aguado con un cruasán embadurnado en mantequilla, qué angustia, para matar el tiempo y el gusanillo porque hambre, lo que se dice hambre ninguno tenía. Y así fue transcurriendo el día, entre partes médicos y rezos a ese Dios que una no sabe si está o no pero en estos casos pues bueno, no está de más pedirle que todo pase y que pase bien. Por la tarde les comunicaron muy formalmente que el paciente entraba en vigilancia intensiva, donde permanecería toda la noche para tenerlo más controlado, pero que al día siguiente subiría a planta. Que todo iba bien.

Y dos días después, todo fue bien. Salieron del hospital con esa paz que te da superar estos sustos pero con ese miedo callado a que vuelva a ocurrir. Ya lo sabes, Paco, nada de sal y nada de fumar y nada de beber y nada… Calla, mujer, que no es para tanto. Discutiendo iban en el taxi a casa, y en casa, y cuatro años después la misma cantinela. Que si ese cigarrito a escondidas que te veo, que si échale algo de sal que esto así no se puede comer, que un vinito es bueno para el corazón, y además ¿cuándo bebo yo? En Navidad y en los cumpleaños. Que no, que no pasa nada, que aquello se superó, que no te preocupes. Y Asun pues qué iba a hacer, pelear y luchar, y mandarlo a la mierda de vez en cuando también porque oye, ¡parece que se quiera matar! Y luego le preparaba sus platos preferidos, condimentados de otra manera para disimular la falta de sal, no lo vaya a notar.

Aquel mediodía fatídico comieron patatas estofadas, un buen plato como Dios y Paco mandan. Pero después de comer, cabeceando la siesta en el sofá, ya no se encontró bien. La sensación fue más intensa, más certera, más real. En la convulsión tiró la lamparita al suelo y el estruendo hizo que Asun dejara los platos a medio lavar para ver qué había sido ese ruido, qué se había caído ahora armando tanto jaleo. Y al ver a su marido así otra vez el recuerdo de hace cuatro años, y otra vez la ambulancia, y otra vez llamar a los hijos.

rosa negraLas horas en el hospital fueron gélidas, el ambiente cortante, el frío se sentía en las miradas calladas, en los abrazos rígidos, en las lágrimas contenidas. Los cuatro lo sabían y ninguno se atrevía a verbalizarlo. Miraron sus teléfonos cientos de veces, pasearon como leones enjaulados por aquella sala blanca de olor indescriptible. Esperaron noticias. Y las noticias finalmente llegaron. El médico que les dio el pésame era canoso y de ojos muy negros, se acuerda bien Asun. «Hicimos todo lo que pudimos». Maldita muletilla, ¿se la enseñan también en la universidad?

En ese momento un caudal de y sis atropellados invadió la mente de Asun, al tiempo que su corazón se quedaba huérfano para siempre. Ay, Paco, si me hubieras hecho caso alguna vez… Pero de qué servía reclamarle a un muerto, pensaba ella. Celebraron el funeral dos días después, una mañana soleada como las que a él le gustaban. Y Asun sonreía con pesar a cada uno de los asistentes que se habían reunido allí para mostrarle su afecto a la familia. Los rituales estos, ya se sabe, que cuando uno muere todos vienen. La ceremonia fue emotiva pero no empalagosa, no te preocupes Paco, te hubiera gustado. Es curioso cómo la mente se dice esas cosas tan absurdas a veces, cómo le iba a gustar a Paco su maldito entierro. Pero bueno, era el consuelo que Asun se daba sin darse cuenta para paliar el dolor que no dejaba ver por la pérdida de un marido de broncas y risas, de misterios, de secretos, de algún desaire también. Un marido cabezota que la dejaba viuda, jo Paco ¡qué palabra tan fea! Un marido que no fue perfecto, pero qué demonios, fue el suyo.  Y ahora esta fría muerte se lo había arrebatado. Y ahora ella tenía que seguir viviendo una nueva vida y seguir queriéndolo, recordándolo.

 

 

 

 

Mi Barcelona 

Anoche lloré, lo confieso. Anoche no pude conciliar el sueño, una sensación de asfixia me dejó seca el alma. Anoche tuve miedo. 

«Ahora nos ha tocado a nosotros». Ese es el comentario recurrente y tan humanamente conformista que más se comparte esta mañana, como si fuera una lotería del terror. Ése y el #prayforBarcelona que circula por todas las redes sociales desde ayer, como ya lo fueran los #prayfor tantas otras ciudades víctimas de la irracionalidad y de la barbarie. Y ahora nos ha tocado a nosotros.

Muchas veces, al hilo de los atentados en lugares como París, Londres, Berlín, Bruselas o Niza, nos hemos sentido vulnerables, atacados en esa hipótesis más de palabra que de facto: ¿y si hubiera un atentado en Barcelona? Pensamientos fugaces que a uno se le cruzan por la mente cuando otros, sobre todo europeos, viven su horror. Pero son escenarios que ni tan siquiera podemos imaginar, porque en el fondo creemos que no, a nosotros no nos va a pasar.

Hasta que pasa. Hasta que una tarde de un día cualquiera, en pleno agosto, con la ciudad rebosante de turismo, siendo Las Ramblas un auténtico hervidero, una furgoneta descontrolada recorre más de 600 metros arrollando a todo el que esté a su alcance, dejando un reguero de cuerpos tendidos, heridos y muertos, caos y horror. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que ahora sí, nos ha tocado a nosotros.

La sensación de incertidumbre es tal que asusta. Asusta el hecho de pensar que el terrorismo llega hasta tu puerta y que los niveles de alerta poco pueden hacer para luchar contra este tipo de atentados. Si basta una furgoneta alquilada para matar, la impotencia que se siente es mucho mayor. ¿Cómo evitarlo? Somos un país acostumbrado a lidiar durante décadas con el terrorismo de ETA, a desactivar comandos, a interceptar objetivos, a evitar muertes. Y luchamos contra el yihadismo de la misma manera, desarticulando células e interviniendo los mensajes más radicales entre los jóvenes más vulnerables. Pero eso no basta, no nos funciona ni a nosotros ni a nadie en Europa. Estamos ante un tipo de terror nuevo, en el que los que matan no tienen nada que perder y sí un paraíso que ganar. Bajo el nombre de un dios al que le otorgan el fanatismo que les interesa perpetran odio, muerte y temor. Y por mucha alerta que tengamos es muy difícil anticiparse a su maldita locura.

Ahora nos ha tocado a nosotros. Hoy Barcelona se tiñe de luto pero las lágrimas que derramamos no nos hacen débiles sino mucho más conscientes de que tenemos que seguir adelante, de que el miedo no es el camino y de que achantarse no es una opción. Cuando vemos en las noticias este tipo de sucesos en otros lugares nos enfadamos, nos entristecemos, empatizamos. Pero egoístamente nunca llegamos a sentir el golpe real como parte de esa vivencia, por muchas banderas que pongamos en nuestro perfil de Facebook y por muchos mensajes de apoyo que mandemos a todos en general y a nadie en particular. Puedo decir ahora, con todo el dolor que siento, que nunca antes había sufrido un golpe tan amargo como parte de mi sociedad, de mi pueblo, de mi gente. Muy cierto es eso de que hasta que no tocan lo tuyo, no sabes lo que se siente. Dolor, amargura, deseos incontrolables de llorar, rabia, impotencia. Pero también este tipo de situaciones revelan quiénes somos y puedo decir que después de esto me siento más profundamente orgullosa, si cabe, de ser barcelonesa y de pertenecer a esta gran ciudad que ante la adversidad sale a la calle, ante la desgracia se muestra solidaria, y ante el terror no baja los brazos. 

Ahora nos ha tocado a nosotros y tendremos que asumir el dolor de los familiares de las víctimas y de los heridos como nuestro. Porque es también el dolor de una ciudad que hoy amanece enrarecida, con los ojos rojos y un amargo sabor en la boca. Pero que volverá a ser la Barcelona bulliciosa, cosmopolita, colorida, cultural, pacífica y hermosa que todos queremos seguir teniendo. La Barcelona que el mundo conoce y admira. Mi Barcelona. 

Jaque mate

Despertó por la mañana, si es que a eso se le podía llamar despertar, con un profundo sabor alcalino en la boca y los ojos enrojecidos, como cuando antaño se perdía en las noches saltando de fiesta en fiesta, bebiendo humo y tragos a partes iguales. Sin embargo esa mañana no fueron las copas de más, ni las canciones ni los cuerpos sudorosos bailando frenéticos a su alrededor los culpables de su aspecto demacrado. Aquella mañana le abofeteó en la cara la cruda realidad.

Dos días antes fue cuando lo soñó. Inquieta en su cama, se revolvía entre las sábanas queriendo escapar de aquellas imágenes que el subconsciente le escupía sin consideración, entrelazando momentos vividos, recuerdos y fantasías. Y, luego lo supo, también la premonición. Leyó un mensaje en su sueño, una frase lapidaria que la hizo despertar de golpe. No, no puede ser. Corrió a encender su teléfono y esperó a que se activaran todas las notificaciones: nada. Respiró el aire contenido durante esos segundos eternos y rió aliviada. ¡Qué tonta! Se tumbó en su cama, tratando de entender por qué de repente mientras dormía le aparecían compañeras del colegio olvidadas, viajes no realizados, estancias bien ubicadas, gente desconocida y emociones desgarradas. Y él, por supuesto, siempre él. Y ahora también ese mensaje estúpido que con temor siempre esperó y que por suerte nunca llegaba. Le quitó importancia, al fin y al cabo los sueños sueños son y probablemente aquel cóctel inconsciente no era más que el resultado de darle vueltas a esa cabecita suya tan loca y a tantos días de deseos y de espera.

Pero aquella dilación tan densa no podía traer nada bueno y en el fondo lo sabía, el instinto no acostumbra a fallar. Aunque ella insistía, se sacudía las malas vibras, pensaba en positivo, quería creer… Luego también lo maldecía, claro, y al final siempre lo excusaba. Y así, el círculo se fue estrechando hasta que se sintió demasiado perdida, profundamente asfixiada. ¿Por qué de repente estás tan callado?, se preguntaba. Tuvo paciencia, controló los tiempos, no quiso ser pesada, varió los temas, lo prendió con ganas, desaceleró lo incómodo y volvieron a las charlas triviales. Pero llega un momento en el que la partida tiene que avanzar. Fue entonces cuando se hartó y pidió explicaciones, y de nuevo recibió más silencio. Cobarde, pensó, algo no va bien, pero ¿el qué? Ayer esos planes que trazamos seguían siendo buenos; ayer todavía deseabas estar entre mis piernas como un loco; ayer no pasaba nada de lo que está pasando hoy. Ayer sólo era una premonición.

Se martirizaba pensando, sí, pero ni una lágrima derramó. Se repetía aquello de que no tener noticias es una buena noticia, aunque sabía bien que en su caso no aplicaba. Se afligía alegando que a veces la mejor respuesta es el silencio, o que el silencio en sí ya es una respuesta. Pero cuando el silencio es forzado e incomprensible se vuelve tan ensordecedor que resuena en los tímpanos, rompe la garganta y duele en el corazón.

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Entonces en esa madrugada veraniega tan parecida a aquella primera, en la soledad de su cama y sin poder dormir, el silencio se rompió. ¡Por fin!

Pero cuando desbloqueó el teléfono la sonrisa se le heló al comprobar en su pantalla que el mensaje de su pesadilla estaba ahí: corto y conciso, sin lugar a dudas ni margen de error. Jaque mate. El nudo contenido en su garganta durante los últimos días bajó hasta su estómago y lo estranguló. Quiso vomitar, antes incluso que llorar. Respondió con toda la dignidad que pudo conservar, sintiéndose en realidad más sucia que triste.

Después intentó dormir pero no consiguió más que un duermevela de escalofríos y opresión en el pecho. Le quemaba el aire, la mente le estallaba, le gritaba con rabia el alma… Humillada, ultrajada, utilizada. Se sintió de la peor de las maneras porque no lo vio venir, ¿cómo hacerlo? Siete días antes no había ni un atisbo de sospecha, al contrario. Y ahora le temblaban los dedos tecleando esa palabra maldita que nunca quiso teclear, ese puto adiós que le haría naufragar. Fue ahí cuando le brotaron las lágrimas al sentir que sus últimos años finalmente cedieron y se le derrumbaron, pero se durmió antes de poder pulsar enviar.

Despertó por la mañana, si es que a aquello se le podía llamar despertar, con un profundo sabor alcalino en la boca y los ojos enrojecidos de tanto llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra vez el terror

Europa vuelve a despertar atemorizada tras una noche de pánico. Una vez más, el terrorismo nos estalla en la cara sin que podamos evitarlo. Aunque en estos momentos todavía las informaciones son algo confusas, ayer pasadas las 22.30h tras la finalización del concierto de la estadounidense Ariana Grande en el Manchester Arena estalló un artefacto que ha provocado la muerte, hasta ahora, de 22 personas además de contabilizarse cerca de 60 heridos. La mayoría jóvenes y algunos niños que habían acudido a ver a su artista favorita brillar en el escenario. Nada hacía presagiar que una noche de emociones pudiera llegar a convertirse en fatídica.  Continuar leyendo «Otra vez el terror»