La mujer adúltera (3)

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fAl día siguiente Tina se levanta antes de que suene el despertador, a eso de las 6.30 a.m. Su marido duerme tranquilo de espaldas a ella, roncando acompasado. Sin encender luces, tan sólo con la tenue claridad que empieza a asomar por la ventana, Tina rebusca en la bolsa de deporte que anoche escondió al fondo del armario las bragas y el sujetador de encaje usados y los lleva sigilosa a la lavadora. Por suerte su marido no se encarga de estos menesteres ni se fijará siquiera en el tendedero. O al menos eso cree ella. Puesta en marcha la maquinaria, aprovechando la colada que tenía acumulada de días, el conjuntito se enredará entre la demás ropa borrando cualquier olor a traición. Continuar leyendo «La mujer adúltera (3)»

La mujer adúltera (2)

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fEsa noche cuando Tina regresa a casa los niños ya están bañados y se terminan la cena enfundados en sus pijamas. «Casi a punto de irse a dormir, menos mal», piensa Tina. Se acerca a su marido y le roza los labios en un beso casi al aire, mientras él continua atendiendo las demandas de sus hijos, batallando con el postre que ninguno de los dos quiere probar. Su madre apenas les hace una caricia en el cabello a cada uno y se pierde por el pasillo hasta su habitación. Deja el bolso encima de la cama, el abrigo en el perchero y los zapatos bajo la cómoda. Guarda la bolsa de deporte en un rincón de su armario, su marido nunca registra sus cosas pero prefiere reordenar la lencería usada cuando él no esté en casa.

Mientras se desviste escucha a los niños corretear por el pasillo, siempre la misma actividad después de cenar, como si les dieran cuerda justo antes de irse a dormir. Sonríe levemente y envolviéndose en su bata sale a buscarlos para intentar devolverles la calma de nuevo. El pequeño, de 4 años, se agarra a las piernas de su madre para protegerse de su hermano, que a los 6 sólo le interesa jugar a caballeros y ve en él un blanco fácil de derrotar. Tina intenta zanjar la improvisada batalla haciéndoles cosquillas mientras los guía hasta el sofá. «Un rato acurrucada con ellos me hará bien», piensa. Prefiere eso a tener que acurrucarse en los brazos del hombre al que acaba de engañar una vez más.

Pasa canales hasta que los niños se ponen de acuerdo en qué ver y se abrazan a su madre a la que, sin saberlo en realidad, algunas veces echan de menos. Es en estos momentos en los que Tina cierra los ojos y huele el dulce aroma de sus niños junto a ella, buscando sus mimos, cuando siente el arañazo más doloroso de su fingida realidad.

Cuando se da cuenta de que se ha adormilado en el sofá su marido ya se lleva al mayor en brazos a la cama. Tina apaga la televisión, y tras ir a besar a sus hijos deseándoles en silencio buenas noches, se mete en la ducha por tercera vez este día. Ajeno a todo, su marido prepara algo de pan con tomate y embutido para cenar sabiendo bien que su mujer los jueves, tras un largo día de guardias en el hospital, apenas prueba bocado cuando llega a casa. Mientras tanto, Tina se deja mecer por el agua hirviendo que le recorre la piel en un intento vano por deshacerse de cualquier aroma que no sea únicamente de ella. Pero por mucho que se frote, que se enjabone, que se inunde, nunca termina de sentirse despojada de la pasión que horas antes la envolvía. Y con ese recuerdo palpándole de nuevo las entrañas la ducha se convierte en un ritual eterno, la humedad que empaña la mampara es proporcional a la suya propia, y el vaho que cubre el espejo bien podría ser como el aliento de su amante mientras horas antes la embestía con rudeza.

Se envuelve en su albornoz y mientras rebusca en los cajones de su dormitorio un pijama limpio para ponerse, su marido se acerca preguntando si después de cenar quiere ver una película o… Tina está desnuda, de espaldas, vistiéndose ajena a su presencia. Él se queda en silencio observándola, tan esbelta, tan sensual, tan distante… Tiene ganas de abrazarla, de caer con ella en la cama riéndose de todo y por nada, de hacerse cosquillas como cuando la rutina aún no les había roto el amor. «La rutina, o lo que sea…», piensa él.

Para cuando Tina se da cuenta de que él la estaba observando ya no hay nadie en el umbral del dormitorio: su marido cena tranquilamente viendo las noticias, como de costumbre. Con aire cansado ella se sienta a su lado en el sofá y por fin le pregunta qué tal estuvo su día. «Mucho trabajo, como siempre», contesta él, parco en palabras. «Yo igual -responde ella- ya sabes cómo son los jueves». Él la abraza, atrayéndola hacia su cuerpo y besándole la frente, sabiendo muy bien que últimamente ese es el gesto más cómplice que pueden compartir. Perderse en una película sin mediar más palabras, callando los pensamientos y ocultando los sentimientos. Al fin y al cabo el triste conformismo les funciona, y ya hace tiempo que los dos saben bien cómo son los jueves.

 

 

 

 

¿Padres? De vergüenza

Desde que hace unos días salió a la luz la verdadera historia de Nadia Nerea, la niña de 11 años enferma de tricotiodistrofia, me embarga un sentimiento de rabia, incredulidad y rechazo que de alguna forma tengo que expresar.

No comprendo cómo unos padres, que no merecen en absoluto ese calificativo, son capaces de jugar con la salud de su propia hija, aprovechándose de las circunstancias de lo que supone padecer una de las tantísimas enfermedades raras que existen, para su propio beneficio. Qué tremendo asco.

La historia de Nadia se hace pública hace años, allá por el 2009, cuando la pequeña es diagnosticada con una enfermedad degenerativa que puede ser letal si no tiene los cuidados necesarios que le alarguen la vida. Como suele pasar en este tipo de casos, las enfermedades raras son muy costosas y normalmente los padres tienen que acudir al llamamiento social para poder conseguir esas ayudas que de otra forma no pueden obtener. Los padres de Nadia, como tantos otros que luchan por sus hijos, se pusieron manos a la obra y crearon una fundación para recaudar fondos, además de organizar el entramado mediático que supuso un empuje importantísimo para la causa.

Pero hace un par de semanas todo estalló. La inverosimilitud de muchas explicaciones y datos aportados por los padres, así como la constatación de que Nadia no estaba recibiendo los recursos médicos que supuestamente necesitaba y para los que sus padres pedían dinero (varias operaciones a sus espaldas, la próxima y determinante en Houston practicada por un Premio Nobel inexistente), hicieron saltar todas las alarmas: el fraude mezquino de unos padres que ni lo son ni lo deberían ser.

A día de hoy el padre ya está en prisión sin fianza y la madre, aunque en libertad, ha perdido la custodia de su hija, que está a cargo de unos familiares. Las investigaciones siguen su curso y seguramente hay mucho todavía por esclarecer, pero hasta el momento lo más determinante es que del casi millón de euros recaudado para sufragar los gastos de la enfermedad de la niña, más de 600.000 euros han ido a parar a caprichos como relojes de alta gama o el pago del alquiler de su vivienda, así como un automóvil y varios viajes.

Que estamos ante unos estafadores sin escrúpulos no cabe duda. Que hay que desmadejar bien la historia para determinar qué hay de verdad en la enfermedad de la niña, también. Si fue todo una exageración para lograr mediante la lágrima sus propósitos monetarios o realmente la pequeña padece de tricotiodistrofia severa como los padres sostenían, por supuesto. Queda aún mucho por conocer, pero el daño ya está hecho.

Hay miles de familb5d89b9b64073a3521a6f6e9e0e2aae9ias luchando por sus hijos afectados por enfermedades raras a las que no se les hace caso porque no interesa: pocos pacientes, investigaciones demasiado costosas. Son familias que recurren a asociaciones y sobre todo a la solidaridad de la sociedad que suele volcarse con este tipo de casos para aferrarse a una mínima esperanza de supervivencia o de calidad de vida. Son familias que ahora ven cómo la duda se cierne sobre todos ellos porque «y si también es mentira?» Los dramas nos ablandan y la vulnerabilidad de los niños nos hace empatizar y aumentar por ello las ayudas. Sin embargo ejemplos como el de los padres de Nadia van a frenar esa reacción desinteresada sustituyéndola por el recelo y la desconfianza. Flaco favor para los padres de verdad, los niños enfermos y la sociedad en general.

Espero que Nadia reciba los tratamientos que necesite y que todos los demás niños (y no tan niños) aquejados con esas malditas enfermedades raras no lo tengan tan difícil para salir adelante. Que se destinen más recursos y que se les dé mayor visibilidad. Porque su día a día es lo que cuenta y los únicos que realmente lo saben son esas familias que lo viven y lo luchan.

En definitiva, hay personas que no deberían tener hijos, sin más.

 

 

La mujer adúltera

A lo lejos asoma el tren de las 16.07, puntual. Tina sonríe ligeramente mientras avanza con paso firme hacia el andén: ya está más cerca de su destino. Desde su entrada habitual busca con la mirada el mismo asiento que siempre la espera vacío, parece que reservado para ella. Se acomoda como puede evitando a esa señora que la observa con reproche y, tras unos minutos de pausa, cuando el tren retoma su camino, Tina rebusca en su bolsa de deporte los zapatos de tacón que como cada jueves la acompañan a escondidas. Rápidamente se quita las manoletinas, que guarda con premura en la bolsa bajo la atenta mirada de una adolescente a la que no le cuadra ese movimiento en los pies. Ajena a todo, Tina busca ahora en su neceser el kit de supervivencia: colorete, rímel para aplicarse la enésima capa y un labial rojo oscuro para llamar la atención, todavía más, sobre su boca. La adolescente sigue observándola imaginando que tacones y maquillaje sólo pueden significar una cosa: Tina tiene una cita.

El trayecto dura exactamente 38 minutos, aunque por lo general a Tina apenas le sobran 15 después de tanta dedicada preparación. Mejor así, casi sin tiempo para pensar. Porque si lo hiciera probablemente bajaría en la próxima estación para coger el tren de vuelta. Pero no, nunca lo hace. Desde hace meses ya no tiene que cubrir el turno de tarde en el hospital donde trabaja pero ni su marido ni sus dos hijos lo saben.

Los jueves por la tarde se han convertido en la vía de escape a una existencia monótona que la debilita por momentos. Durante seis días a la semana es la madre ejemplar, la esposa entregada, la mejor enfermera jefa, el puntal de una familia que ama con todo su ser pero que últimamente se le queda pequeña. Ella quiere más, de alguna forma necesita más, aunque no sepa por qué y sea consciente del abismo que cada jueves la termina envolviendo e incluso asfixiando.

7c8ff743780ba9ded956844deeaffb9fCuando por fin llega a destino baja apresurada del tren y se dirige al mismo edificio de siempre: un pequeño estudio que se convierte en refugio y tormento. Taconea nerviosa mientras acomoda sus cosas en la entrada y se sirve una copa de vino. Sentada sobre la encimera repasa mentalmente el encuentro del jueves pasado en ese mismo lugar… Demasiado salvaje, demasiado intenso, demasiado doloroso. Hoy no viene con tanta actitud, aunque eso poco importa porque cuando él aparece bajan por completo las defensas.

Suena el tintineo inconfundible de sus llaves en la cerradura y un pequeño vuelco en el corazón de Tina le recuerda que todavía puede seguir sintiendo esa llama que empieza en los ojos, recorre las manos y se desboca entre las piernas.

Él entra con paso seguro y sonrisa maldita, loco como está por ella, impaciente por tenerla. El beso suave que le da en los labios es sólo el preámbulo de cortesía para una pasión que no conoce límites ni decoro. Tras varias frases galantes y su acostumbrado juego de palabras provocativo, se enredan el uno en el otro con prisa por sentirse la piel. De la encimera al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la ducha… Que no queden rincones, parecen murmurar, ni aquí, ni en ti, ni en mí.

Los jueves por la tarde se quiebra la rutina al compás de un tictac que no quieren oír. Desnudos y abrazados se susurran quimeras mientras allá afuera la vida sigue. Viven en su burbuja de carne trémula sabiendo lo frágil que toda burbuja es, y no les importa. Tina cierra los ojos y piensa en sus hijos: siempre el mismo pensamiento después del orgasmo. Como si en vez de traicionar a su marido, los traicionara realmente a ellos con su doble vida. Y en cambio él, alma libre donde las haya, simplemente se conforma abrazando durante unas pocas horas a esa mujer que sabe bien nunca podrá poseer del todo.

A las 20.34 el tren de regreso va meciendo a una mujer desmaquillada, con zapato plano, mochila al hombro y mirada distraída. Una mujer que bien podría volver de un duro día de trabajo en el hospital, como de costumbre. Una mujer, sin embargo, que oculta su pasión celándola de cualquier juicio, con la carga de la mentira sobre los hombros pero con la adrenalina de los deseos a flor de piel. Con la zozobra moral de la infidelidad, pero con la emoción de sentirse por algunas horas tan tremendamente viva.

 

 

 

Ser, estar, ¿pertenecer?

La RAE, entre otras acepciones más posesivas, define «pertenecer» como «formar parte de algo o alguien». Sentirse integrado, ubicado, consolidado, quizá respaldado. Ser del grupo, estar en él, pertenecer a él. ¿Es todo lo mismo?

Tengo la sensación de que no siempre es fácil sentir que perteneces al lugar en el que estás, que eres quien crees que eres, o que estás realmente donde perteneces, en cualquier ámbito de nuestra vida. Familia, amigos, trabajo, pareja… Una a veces se siente extraña.

En medio de esa comida familiar de repente una punzada que no identificas, que probablemente nunca has sentido o si lo has hecho no eras totalmente consciente, se te clava en algún lugar entre el intelecto y el corazón, por ahí a medio camino entre el querer y el poder. Sientes que no estás viviendo plenamente ese momento, que las risas suenan lejanas, que los rostros familiarEncajar_3es no se parecen ya tanto a ti, que tú misma eres otra. Distinta a la de hace años, a la de hace días. Pero esa punzada que dura apenas unos segundos se va diluyendo a la vez que todo se colorea de nuevo, y te alivias.

Hasta que llega la segunda punzada después de comer en la oficina, con el teléfono en calma y los asuntos resueltos. Vuelves a sentir ese desconcierto y lo atribuyes a la ambición de querer más, de saber que puedes darlo, quizá en otro tiempo o en otro lugar, más adelante pero con la certeza de que llegarás. Lo sabes, lo crees, lo esperas pero no lo tienes. Y esa tarde tratas de hacer callar la impaciencia de tu punzada con palabras de aliento, de consuelo, de esperanza. Y te vuelves a aliviar, o a conformar.

Pero una noche cualquiera se te atraviesa con más fuerza al darte cuenta de que quien comparte esa intimidad junto a ti ya no está. O crees que no está. O quizá tú no estás. Sientes que las caricias se reducen nada más a la piel y que los besos que por horas le darías nunca serán del todo suyos ni tuyos. Y en ese momento, cuando te das cuenta de esa extraña sensación de ser y estar, el sentido de pertenencia se empieza a desvanecer.

Y te preguntas si quieres ser ella, la mujer en la que te estás convirtiendo. Y crees que sí pero hay mil errores por el camino, y no sabes hasta cuándo los arrastrarás, ni siquiera si estás acertando ahora o la vas a cagar. Si decir hola o adiós puede cambiar algo, si hay que dejar la puerta entreabierta o dar ese portazo sin más. Si estás aquí porque quieres o porque no te queda de otra. Si todo tiene su tiempo, espacio y lugar. Si perteneces a una familia de locos tan cuerdos y de corduras de atar porque son los que mejor te van a enseñar. Si eres de quien te roba sueños y besos por igual, y si quieres estar ahí en medio de tanto huracán. Te sigues preguntando a las 7 de la mañana si tu día a día te compensa o es un medio para un fin. ¿Te llena? ¿Y qué fin? Sientes que no perteneces ni te pertenece lo que tienes, lo que haces, a quien quieres y sin embargo ahí estás. Porque quizá es lo que tiene que ser, y así, girando la rueda, te vuelves a conformar.

Hasta la próxima punzada. Aquella que diga ya no más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta a mi ‘Titi’

Tenemos la fea costumbre de llegar tarde a los momentos: nunca decimos lo que queremos cuando queremos, no sabemos gestionar los tiempos, nos arrepentimos demasiado tarde, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos ni le damos confesión al alma cuando aún podemos. Por miedo, vergüenza, desgana o quizá por demasiada seguridad. Creemos que todo va a ir siempre bien, que habrá tiempo para hablar y para amar, otro día más, mañana mejor, ahora no puedo, después nos tomamos ese café. Pero la vida no tiene condescendencia y lo que no haces, dices o sientes en su momento te pasa factura más adelante, quizá cuando ya no hay vuelta atrás. ¿Y entonces? Entonces, el arrepentimiento.

No sé si esto que hoy escribo es una forma de alivio personal o de conformismo con la situación pero espero no llegar demasiado tarde para que escuches todo aquello que nunca dije. Para que escuches, por ejemplo, que el primer recuerdo que tengo de ti se corresponde con la imagen vaga y difusa de un hombre que vino de lejos, al que en mi casa llamábamos «titi»en vez del tradicional «tío» y que siendo yo la pequeña de la familia me vi obsequiada con el juguete de moda por aquellos inicios de los 90: un muñeco llamado Penique, vestido de marinero, flexible y casi de mi tamaño. Supongo que a esa edad lo que cuenta son los regalos y poco más puedo recordar de aquella primera vez.

IMG_20150825_131501Por la distancia geográfica y otros azares durante años sólo fuiste aquel tío casi intangible para mí que vivía lejos en el exotismo de una pequeña ciudad al norte de África, porque durante mi infancia yo no tuve la fortuna, como sí mis hermanos, de acumular vivencias reales junto a ti y los tuyos. A mí me tocó otra época, otras circunstancias, mi niñez sin Melilla, mis raíces cortadas. Hasta que de nuevo por otros azares ese lazo se fortaleció y las visitas se hicieron más seguidas, la sangre más auténtica y mi sentimiento de pertenencia a esa tierra tuya y también mía mucho más profundo.

Veranos, bodas, viajes de la nada y porque sí… Compartiendo momentos de risas, de alegría y sobre todo de optimismo y vitalidad, porque ese eres tú. Ese eres y siempre serás aunque el cáncer te mine hasta el tuétano y ya ni aliento de fuerzas puedas espirar.

No me imagino qué pasa por la mente de alguien que sabe lo que viene, que tiene tiempo para ver el final y que lo sufre como lo estás sufriendo tú, pero supongo que uno echa la vista atrás para enorgullecerse de cosas, arrepentirse de otras, y preguntarse alguna más. Y entre esas cuestiones yo sé que te preguntas qué pensamos de ti. Pues bien, lo primero que pienso de ti es que eres un superviviente nato. Un hombre luchador y optimista hasta el extremo, seguro de su valía y de que todo va a ir bien. Buscador de soluciones, más o menos acertadas imagino que como todos, pero siempre hacia adelante. Incluso cuando la enfermedad llamó a tu puerta no fue más que «un bicho» que ibas a matar. Pero a veces la vida, por más ganas que le eches, termina siendo muy puta.

Recuerdo anécdotas que me ha contado mi madre de vuestra infancia: tu forma tan especial de nombrarla, tus palabrejas cuando empezabas a hablar y lo difícil que era entenderte, tus travesuras épicas, siempre en movimiento, siempre inventando qué hacer. Imagino que lo que uno es de niño lo lleva siempre dentro, pulido por los años y la experiencia quizá, pero no deja de ser la esencia de todos nosotros. Por eso de adulto, que es lo que los demás conocemos de ti, has seguido siendo ese hombre impetuoso, de genio y figura, de chistes, de voz fuerte y de mirada socarrona.

Y con ese tú me quedo yo.

Ahora que todavía tengo tiempo quiero que sepas que eres realmente importante para mí y para quienes han tenido el placer de conocerte. A lo largo de la vida no faltan los acompañantes, sobre todo en los tiempos de dicha, pero son aquellos que quedan al final los que revelan quién fuiste. Y tú has tenido que hacer las cosas muy bien para que tu mujer, tus hijos, tus nietos, tu hermana, cuñados y sobrinos, y tus amigos de cuna, juventud y vida sigan estando contigo en tu lucha y en tu paz.

Sólo las buenas personas consiguen tener eso y tú, Titi, nos tienes a todos.

Siempre nos vas a tener.