Otro año más… ¡Gracias!

Los balances anuales, los propósitos de año nuevo, las ganas de terminar o de empezar, los malos augurios, los buenos deseos, la suerte y sus rituales. Se acerca el final de otro año y a todos nos da por pensar en lo que ha sido éste y lo que esperamos del que está por comenzar. Qué mejorar, qué recuerdos guardar o desterrar, qué hábitos adoptar o ya no continuar. Pero como a mí eso de las listas de asuntos pendientes y deseos por cumplir se me dan bastante mal, cuando llegan estas fechas me limito nada más a balancear mi año vivido porque sé que lo que tenga que venir… Vendrá.

0921newyear2016

En líneas generales 2015 ha sido un buen año. Allá por febrero encontré por fin el momento para empezar este blog y ponerme a escribir de forma pública lo que llevaba toda la vida haciendo de forma íntima pero asidua. Como siempre digo, y como dijo Hemingway, escribir es algo así como mi terapia personal. Cuando me estallan las ideas, cuando las emociones no me dejan dormir o cuando se me atragantan los sentimientos, si no escribo, vomito. Bien mirado, puede que muchas veces estas líneas también sean algún tipo de vómito verbal… Necesario en cualquier caso. Así que con el empujón de quienes más me quieren decidí convertir en hábito semanal una de las cosas que más me apasiona hacer: escribir.

Pero de otras pasiones también se vive y este 2015 me permitió disfrutar de ellas. De la familia que tuve cerca, de las fiestas infantiles, de los finales de curso, de los cumpleaños. De las tardes a la salida del colegio, de las meriendas improvisadas, de las salas de cine para menores de siete años, del griterío y las palomitas derramadas. De las nuevas recetas de cocina y de los desayunos de campeones. De los hotcakes con Nutella, con cajeta mexicana o con infinidad de inventos y nuevos sabores.

Conseguí la tranquilidad que un empleo te proporciona tras demasiado tiempo fuera de juego y la satisfacción de poder aportar mi granito de arena en el impulso de varios proyectos. Y sobre todo, la capacidad de sentir que vuelvo a tener el futuro en mis manos y que las decisiones que tome en adelante correrán por mi cuenta y riesgo personal. Nada como la independencia económica para poder bailarle a la vida.

2015 me brindó muchas risas y noches eternas, cervezas en las esquinas y mañanas al sol. Descubrí otras músicas, otros libros, otros bares y otras ciudades. Conocí a otras personas y disfruté de maravillosos reencuentros. Tuve ilusión, amor, pasión, ternura… Y sentí lo que pensé que ya no sentiría.

Este 2015 también me dio miserias, malos ratos y lágrimas. Me dio flaquezas, ganas de tirar la toalla. Me dio temblores y vacíos. Me dio pesar ante la enfermedad y las despedidas. Y aunque hubo fuerza y optimismo, tesón y garra, este año también me mordió con cierto miedo las entrañas. Miedo a las caídas abismales, al hueco que desgarra el alma, a decir adiós, a pensar que esto se acaba. Mucho miedo a las miradas veladas, a los silencios que cortan y al sabor de esos abrazos que encierran la esperanza de volvernos a ver aun sabiendo lo que pasa… Cuando es la vida la que pasa.

Pero qué aburridos serían entonces los años si no nos dieran una de cal y otra de arena. Qué triste aprendizaje y qué poco valor le daríamos a las cosas, aunque suene al típico tópico. Dicen por ahí que somos el resultado de la suma de todos los momentos que vivimos. De las personas que se cruzan en nuestro camino un rato o para siempre. De los lugares que conocemos, de los que algún día visitaremos. De las lecturas y de los paseos. De los amigos de siempre y de los nuevos conocidos. De la familia en la que nacemos, de la que después escogemos. Somos el resultado de miles de horas al teléfono, en el coche o en silencio. De los errores y los aciertos, de las piedras en el camino, de los descontentos. De los llantos de risa y de las lágrimas ocultas. De los niños que un día fuimos y de los adultos que todavía soñamos ser. Pero sobre todo somos todo aquello que nos hacen sentir esos a quienes amamos, estén donde estén.

Gracias a todos ellos por haberme regalado el privilegio de formar parte de su camino para ser hoy quien soy y espero que sigamos sumando momentos juntos porque esta fiesta tiene que continuar. Y a mis personas favoritas, las que tengo cerca y las que tengo tan lejos, gracias siempre por ser y estar.

Porque así es la  vida y este es otro año más.

¡¡FELIZ 2016!!

 

 

 

 

 

Mi feliz Navidad

La Navidad es una de esas cosas que o te gusta o la detestas. Conozco gente que durante el año parece fría y distante y en cambio en estas fechas rezuma almíbar por los cuatro costados. Curioso. Y también sé de algunos más afectuosos que preferirían poder entrar en modo hibernación el día 24 y no despertar hasta por lo menos el 7 de enero.

Cada cual con sus razones y sus vivencias va determinando en qué lado está. Unos dicen que la Navidad es mágica siempre, o hasta que te toca pagarla. Otros que es puro artificio y consumismo. Algunos que es algo más que ciencia ficción… Demasiada paz, demasiado amor. Pero, ¿y si no fuéramos tan radicales?

Podemos ser adeptos a las fiestas navideñas sin tener que sentirnos víctimas de El Corte Inglés, pienso yo. Quizá la Navidad no es más que la excusa para demostrar lo que durante el resto del año muchas veces y por desgracia nos olvidamos de demostrar. Y eso no quiere decir que sea hipocresía, sino que de alguna manera las circunstancias en estas fechas invitan a algo más.

Invitan, por ejemplo, a mandar felicitaciones por correo postal. Puede que sea una pérdida de tiempo y de dinero pudiéndolo hacer a través de cualquier red social, por mail o incluso whatsapp. Mensajes tipo para todos a la vez: ¡feliz año nuevo! No importa si apenas mantengo contacto con aquellos amigos que un día agregué a Facebook y siguen ahí en silencio, porque a esos también los felicito. A todos. Es la forma de estar presente en el mundo virtual mandando clichés de buenos deseos sin destinatario concreto. Sin embargo, unos pocos amigos saben que en realidad todavía soy la romántica que compra sellos y estampa su caligrafía de verdad. Y son ellos, mis favoritos, los que reciben cada año esas tarjetas que en realidad son el abrazo que la distancia me impide dar.

La Navidad invita también a regalar. Y no, no me dejo llevar por el consumismo indiscriminado, por la moda o el sinsentido. Prefiero los detalles meditados, lo que necesitas, lo que te hace ilusión, o lo que nunca esperarías. Disfruto sorprendiendo a quienes quiero y me gusta dedicarle el tiempo apropiado a cada uno de los presentes que elijo. Quizá en eso también sigo siendo una romántica… Porque como dicen por ahí «es estúpido creer que el regalo está dentro del paquete; siempre, siempre, siempre el regalo son las manos que lo entregan».

Como no podía ser de otra manera, estas fechas decembrinas también invitan a comer y a beber, al exceso y al todo vale, que enero es largo y el verano tarda en llegar. Festejamos estos días alrededor de abundantes mesas pero, una vez más, lo que cuenta no son las ostras, los bogavantes ni el cochinillo, sino los que están. Porque estas fechas a lo que invitan por encima de todo es a familia.

Una vez no volví a casa por Navidad y me di cuenta entonces de que necesitaba aquello que durante toda mi vida había dado por sentado. Me hacía falta despertar con los aromas que desprende la cocina a todas horas. Me hacían falta las tardes de compras al compás de mi madre. Me hicieron falta las noches de sofá debatiendo recetas nuevas y tradicionales. Eché de menos los brindis acostumbrados y los chistes de cada año, las uvas y los abrazos. La tan manida gala de Nochebuena y el mensaje de Su Majestad el Rey. Quise estar en casa desde que los niños de San Ildefonso cantan millones de euros hasta poder abrir el día de Reyes con ilusión infantil los regalos. Eché de menos que llovieran caramelos en la cabalgata y poner mis zapatos bajo del árbol. Quise reprender a mi padre por picotear los dulces antes de tiempo y ver el brillo en los ojos de mis sobrinos cuando recitan subidos a una silla su poema navideño.

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Aquellas Navidades sentí por primera vez el vacío de mi gente y de mi país a pesar de llevar ya tiempo lejos de ellos. Y aunque tuve la fortuna de conocer otras costumbres que hoy guardo en mi recuerdo, durante aquellas fiestas una parte de mí echó en falta el calor que Skype ya no me daba.

Entonces supe que en esta vida, esté donde esté y dé por el mundo todas las vueltas que dé, para mi feliz Navidad siempre hay que regresar a casa.

 

 

 

¿Qué piensas?

¿A quién no le han preguntado alguna vez qué piensa? Qué opinión te merece esto, qué te parece lo otro, qué piensas acerca de… O simplemente qué estás pensando ahora. ¿Qué?

A veces preguntamos por preguntar, para llenar silencios incómodos, para saber de qué vas. O preguntamos para no quedarnos atrás, para compartir, para luego informar. También lo hacemos por interés real, por curiosidad, para pedir consejo o para reafirmarnos en algo un poco más.

Pero qué hay de todas esas veces en que quisiéramos preguntar y no lo hacemos. Por vergüenza, porque parecerá una tontería, porque nos espantan las cursilerías. Y sin embargo, son las respuestas a todas esas preguntas calladas las que nos acercan siempre un paso más, las que consiguen romper las barreras para conocernos hasta el final, traspasando nuestros propios límites resguardándonos de la inseguridad. Por eso, aunque nunca te lo pregunte me muero por saber qué es lo que piensas.

Qué piensas de la muerte y de si habrá algo tras ella. Qué piensas de las noticias que te acompañan al trabajo cada mañana o de las que ves mientras cenas. Qué piensas del terrorismo, del cambio climático y de la guerra. Qué piensas del partido que se juega mañana, y del nefasto resultado del de ayer. Qué piensas del último libro que te regalé.

Qué piensas de la fe, de la iglesia y del Papa. Qué piensas de tu mundo y del mío. Qué piensas de las ciudades que conociste y de las que quieres conocer. Qué piensas del destino y de los cruces en el camino. Qué piensas de las cenas con velas, de los boleros y de la primera vez.

Qué piensas cuando despega el avión, y cuando aterriza. Qué piensas al regresar de un viaje. Qué piensas de tus padres, de sus fracasos y sus triunfos. Qué piensas cuando te reúnes con toda tu familia. Qué piensas cuando no puedes dormir, qué piensas al despertar. Qué piensas los lunes o los jueves. Qué piensas cuando ya no puedes más.

Qué piensas de la última de Bond, qué piensas de El Rey León. Qué piensas cuando ves caer la lluvia o cuando nada más te tumbas sobre tu colchón. Qué piensas del machismo y de la intolerancia. Qué piensas del futuro, qué piensas al recordar tu infancia.

Qué piensas de los mensajes sin respuesta, de las llamadas perdidas, de las horas de conversaciones inacabadas. Qué piensas de las risas sinceras, de las fotos robadas. Qué piensas de los sueños disparatados y de las confesiones de madrugada.

Qué piensas de las sorpresas, qué piensas cuando abres un regalo. Qué piensas al soplar las velas en los cumpleaños. Qué piensas de las fiestas navideñas, del consumismo y de la solidaridad. Qué piensas cuando estás frente al mar.

Qué piensas cuando tiembla la tierra y cuando tiemblo yo. Qué piensas del aroma a café y de mis ojos al sol. Qué piensas del orgullo que condena y libera, provocador. Qué piensas cuando hacemos el amor.

Qué piensas de lo que escribo…

Y qué piensas de mí, y de la mujer que soy.

Alma en la piel.

Captura

Tu espalda el sendero

que me arrastra al infinito

del vértigo que siento

cuando estás conmigo.

Tus ojos color de noche

me atormentan con su brillo

para impedirme el sueño

en mis desvelos sin dominio.

Tu lengua en mi cintura

recorriendo ansiosa los huesos

bajo la piel que arañas y sutura

embriagada por tu tacto travieso.

Tus manos suaves y poderosas

oprimiéndome sin tregua

acarician mi alma armoniosas

y me roban toda esta fuerza…

De seguir odiándote a gritos

cuando guardo tu amor en silencio

y te oculto entre sombras y mitos

porque al quererte yo me sentencio.

Travesuras de la niña… buena.

tumblr_mwdvmz6DBH1r5phe1o1_500Los libros, como las personas, nos influyen de una u otra manera en la medida en que estamos predispuestos a que lo hagan. Bien por las circunstancias personales, bien por el afán de entretenimiento, o bien por el deseo de revivir las aventuras del héroe que jamás llegaremos a ser.

Todos tenemos nuestros libros preferidos, las temáticas predilectas, los propios intereses. Y yo, que me declaro lectora empedernida desde que aprendí a juntar palabras, he aprendido a lo largo de la vida a leer también entre líneas, a buscar más allá de lo escrito, a agenciarme los sentidos y sinsentidos que aquel escritor quiso o pudo plasmar. Y me he dado cuenta tras tantas lecturas que los libros cobran más o menos relevancia dependiendo de la edad, o la madurez, con la que los leemos. Porque hay libros que en un momento concreto no tienen el significado que tiempo después pueden llegar a adquirir.

Hace años leí Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, y aunque el libro me gustó mucho entonces no pasó a formar parte de mi cuidado top 5. Sin embargo hoy, por azares del destino y reordenando mis cosas, me volví a topar con él. Tras hojearlo largo rato sentí que ahora, casi 10 años después de su publicación, lo leo con otros ojos.

Para quienes no lo conozcan se trata de la primera novela puramente de amor del escritor peruano. Pero no de un amor convencional y romántico, sino de ese amor que desgarra, enriquece y trastorna. «El amor moderno y real», en palabras del autor. La trama transcurre en distintas ciudades a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y aunque el fondo histórico nos ayuda a completar el panorama general de las vivencias de los protagonistas, son ellos los que llevan el peso de la narración a través de su relación de amor y tormento que se prolonga durante décadas.

En la novela la protagonista es una de esas «niñas malas» que juega con los sentimientos a su antojo y provecho en detrimento de su eterno enamorado, siendo él el «niño bueno», víctima de la seducción y del erotismo que emana la mujer de la que se prendió en su juventud y que lo perseguirá durante toda su existencia, yendo y viniendo como un fuego fatuo “que aparecía y desaparecía de mi vida […], incendiándola de felicidad por cortos períodos, y, después, dejándola seca, estéril, vacunada contra cualquier otro entusiasmo de amor”.

Generalmente asociamos esa actitud del «bueno» como algo estúpido y bobo. Los tontos que están ahí pase lo que pase, los sufridores, los que lo dan todo hasta cegarse por esos «malos» que los atrapan, los cautivan, los embaucan sin consideración.

Y al contrario, los «malos» son los listos, los que no padecen porque no se involucran. Los que no pierden porque ni tienen ni quieren tener. Esos que nada más viven para disfrutar, que no piensan en las consecuencias del deseo, que vienen y se van. Los que se acuestan y se levantan sin amarres ni recuerdos, y que convierten sus días en un paseo liviano por la vida. Esos que no sufren los silencios del amante que un día ya no está, la desesperación de la distancia física y emocional, el miedo a la pérdida y al no encontrarlo nunca más.

Me puse a pensar en las personas que se cruzan en nuestro camino y en los papeles que representamos a lo largo de la vida, en las veces en que somos los buenos y los malos. En las travesuras que cometemos, en los deseos que prolongamos. Y pensé en los momentos en que quise ser esa «niña mala» capaz de dar un portazo dejándolo todo atrás para poder luego regresar como si nada sabiendo que me esperarían. Tan mala como para abandonar sin explicaciones y buscar luego con excusas, llevándolos a mi antojo haciéndoles añicos. Mala para adelantarme al dolor causándolo yo, vaciándoles por dentro poco a poco. Quise ser la «niña mala» por puro egoísmo, pero me di cuenta de que no se puede ser lo que no se es.

Porque todas mis travesuras y berrinches no son más que el resultado de la ingenuidad torpe de una niña buena. Esa niña que está, estuvo y siempre estará. La que padece porque se involucra más allá de los límites establecidos y olvida hasta lo propio por querer dar siempre un poco más. La que se acuesta entre lágrimas y amanece entre risas, y viceversa. La que acumula recuerdos y nostalgias con la emoción de sentirse viva. Esa niña buena que resiste los silencios, las ausencias, las distancias. Que a veces quiere arrojarlo todo por la borda pero su propio miedo a no sentir así nunca más hace que tire de la cuerda inconscientemente hasta llegarse a asfixiar.

La niña buena que, como el protagonista masculino de la novela de Vargas Llosa, perdona, se enfada, grita de dolor y de rabia. Ríe a carcajadas, llora a escondidas, promete poner fin, da mil vueltas en la cama. La niña buena que disimula sentimientos en público pero se transforma en puro volcán en privado. Siempre fiel a ese «niño malo» que la convierte en adicta tanto a su piel como a su mente. Esa misma niña buena que se odia a sí misma en cada caída y que tras cada una de ellas ansía con más fervor ser de nuevo tan mala como la «chilenita» del Premio Nobel. Mala como para no tener conciencia ni sentir cariño, ternura o amor. Fría para jugar y alcanzar sus metas a cualquier precio, deliberadamente calculadora. Una niña mala que utiliza a su antojo a esos otros «Ricarditos» que se cruzan en su camino creando un círculo vicioso de buenos y malos, víctimas y verdugos.

Pero ante semejante cóctel de emociones de nuevo me doy cuenta de que prefiero ser esa tonta niña buena que extraña de noche y se pregunta de día, antes que convertirme en la persona que por no sentir ni padecer se olvida también de vivir. Prefiero ser la niña buena que naufraga porque lo da todo cuando así lo dicta su alma, que no la niña mala que terminará «muriendo de celos a poquitos» cuando se dé cuenta de que no hay peor pérdida que el abandono final de quien no supimos valorar ni peor vacío que el que se siente cuando ya no se siente más.

 

 

El poder del miedo.

El mundo está conmocionado y yo llevo varios días dándole vueltas a lo mismo entre el pesar de la desgracia y la rabia de la impotencia.

Asisto incrédula a la barbarie que asoló París ese viernes trece y negro que será difícil de olvidar, como lo es el 11S estadounidense o nuestro 11M de terror en Madrid, entre otros. Fechas que quedan grabadas en la memoria occidental y democrática y que funcionan como resorte para movilizarnos en rezos, plegarias, flores, velas blancas y lutos. #PrayforParis

Pero, ¿por qué rezamos por París? ¿Por qué las redes sociales se inundan de torreiffeles y de fotos parisinas de «yo estuve allí»? ¿Por qué nuestra bandera también es la francesa? ¿Por qué pedimos ahora vivir en paz? Porque nos sentimos vulnerables. Porque te puede pasar a ti. Porque al fin y al cabo las 129 víctimas de los atentados del pasado viernes son como tú y como yo. Salieron una noche cualquiera a cenar, a divertirse en un partido de fútbol o a bailar. Eran personas con vidas normales y corrientes, acostumbradas al bienestar, la confianza y la seguridad de una sociedad libre, fraternal e igualitaria. Como tú, y como yo. Y esa proximidad es la que nos asusta de verdad.

Nos compadecemos de los refugiados sirios, sí. Sabemos que su drama es inmenso y que perdura (y lo hará) en el tiempo sin que ningún gobierno se ponga de acuerdo sobre qué hacer con sus fronteras. Vemos imágenes sobrecogedoras de un país que vive bajo la dictadura del terrorismo y el yugo del bombardeo diario. Pero no es la primera vez que esto pasa, desde que tenemos uso de razón Oriente Medio está en guerra y nos parece normal o por lo menos, en cierta manera, irrelevante. El mismo viernes trece y negro murieron 43 personas en otro atentado en Beirut, pero no hubo velas ni condolencias mediáticas, porque allí están «acostumbrados» a vivir así. Somos inmunes frente al hambre, a la guerra y a la pobreza de medio mundo. Pero no lo somos frente al terror en nuestra casa.

Por eso, cuando pasa, nos ataca de verdad. Porque más allá de la muerte de víctimas inocentes (tan inocentes como los civiles que pagan por las guerras de otros) lo que un atentado terrorista de esta índole pretende es golpear nuestro espíritu democrático y bondadoso, donde «las cosas malas» no pasan aquí. El shock social que se produce es tal que ya circulan por whatsapp mensajes de alarma alertándonos de atentados inminentes a la vuelta de la esquina y recomendaciones para no salir de casa. El pánico tiene los pies rápidos y los terroristas saben jugar con él. Ahí es donde nos golpean. Y es ahí donde los gobiernos tienen que saber responder.

Lo acontecido en París es solamente el último episodio de lo que lleva años gestándose bajo la sombra del islamismo radical (y no del Islam) que cada vez se presenta más capacitado y poderoso para hacer daño. Sirviéndose de las redes sociales y de la propaganda violenta y publicitaria que supone un atentado, no es difícil captar a una parte de la sociedad que, aunque viviendo en un país democrático y siendo ciudadano del mismo  por segunda e incluso tercera generación, se sigue sintiendo marginal y fuera de.

Así, lo que ISIS consigue es captar a esa parte minoritaria pero peligrosa de la sociedad para, una vez reclutados y amaestrados en sus filas, devolverlos a sus lugares de origen para perpetrar el ataque a su propio país. Y como un caballo de Troya, ISIS deja de estar nada más en Siria, Líbano, Irak… Para estar también dentro de nuestra propia casa. Y entonces es cuando nos damos cuenta de lo que es el poder del miedo.